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jueves, 8 de mayo de 2014

Mayo2014/Miscelánea. LA CASILLA ABANDONADA DE ADIF

LA CASILLA ABANDONADA DE ADIF
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Primero fue un golpe seco y duro. El tintineo de las llaves y el motor rugiendo al otro lado de la vía. Pasaron días sin que los pájaros se atrevieran siquiera a acercarse al pozo. El árbol creció y algunos voladores montaron nido en las ramas más próximas. Desde aquí, desde las ramas secas, en invierno hacían pequeñas aproximaciones al tejado. Entraban por la chimenea de la cocina y volvían a salir satisfechos de no haber sido atrapados. El viento frío y seco del inverno batió la casa. Las puertas y ventanas no cedieron, estaban firmemente ancladas. Hubo días de lluvia suave, de rachas fuertes, de vendavales y nevadas. Las verdes ventanas y las puertas mantenían bien el tipo. Las ratas, primero, comieron las esquinas de la puerta del corral y una sierpe entró e hizo nido. Levantada la camada de culebrillas, abandonaron la casilla. Pasaron los años, las puertas y ventanas se esgalincharon. Llegaron de repente viajeros que de un golpe abrieron la puerta. Todavía estaban intactas las camas, como recién hechas. Entraron a los animales en la casa, hicieron fuego en el abandonado hogar, abrieron las ventanas al sol de  mediodía y un buen día se marcharon dejándolo todo de par en par. Pasó un transeúnte... pasó un cazador que miró de soslayo, y pasaron unos niños del pueblo que subieron a explorar territorios ignotos. Volvió el cierzo y este año, entró en la casa y la devoró. Los pájaros, los roedores y las serpientes encontraron un buen espacio para habitar y protegerse. Pasó una manada de jabalíes que quiso saber de aquella casa tan llamativa, abriendo surco entre las losas primitivas del suelo. Creció la hierba, se hundieron las paredes, se descompuso el techo, se quebraron los cristales. Pero la casa seguía en pie, inerte, ajena a todo lo que le circundaba. El techo resistía bien, aunque por dentro, las tripas eran un mondongo imposible ya de gobernar. Ahora, los pájaros atravesaban volando la casa entrando por una ventana y saliendo por la de enfrente. Las zarzas y las gabarderas anclaron sus raíces en sus costados. Todo es ruina y desolación. Murieron sus últimos inquilinos y Adif no sabe que hacer con sus ruinas. No merece la pena el gasto de desescombrar. Ahí queda la CASILLA. Cuando el sol se oculta por la Sierra del Olvido al ocaso,  por un momento, sus rayos juegan entre las tejas desprendiendo flamígeros rayos de mil colores. La casa sonríe y se siente feliz. El viajero que se percibe de ello, de su enorme corazón, entra en su interior a darle cariño y aliento. ¡Ánimo! Resistir es vencer. Pasa la mano por sus paredes azulencas y acaricia sus descorchados tabiques. Retira los cascotes del suelo para ver sus hermosos suelos de cerámica antigua. El golpe de una rama en una desvencijada puerta se asemeja al latido de un corazón y, por un instante, la casa se ha sentido viva y habitada. Fue quizá un sueño. Un regalo del caminante a su amiga. (Chusé María Cebrián Muñoz)
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