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jueves, 5 de marzo de 2015

Marzo2015/Miscelánea. VIEJOS CUENTOS CONTADOS AL AMOR DE LA LUMBRE EN EL VALLE DEL JILOCA

YERMA
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Era el año 1902 y el primero en que el tren cruzaba regularmente aquel amplio valle. Antonio, sobre los asientos de madera del Chispa, abrió el atillo con la merienda que, para ese día,  le había preparado su mujer. La bota iba fuera y de ella sacaba fluidos chorros de líquido rojo que al chocar sobre el fondo de su gaznate, le refrescaba la boca y le estimulaba el apetito. Tras la pérdida de Cuba y la instalación de aquel fantástico ferrocarril montado por una compañía belga, las gentes del alto valle del Jiloca intuyeron que el futuro iba a ser prometedor. Estaba previsto que para el año 1910 se abriera la Azucarera de Santa Eulalia. Antonio ya trabajaba para la (CIA) Compañía de Industrias Agrícolas S.A. y todos los días tomaba el tren en Monreal y bajaba en Santa Eulalia. Antonio era natural y vecino de Ojos Negros, otro municipio en el que, en aquellos primeros años del siglo XX, había puesto sus ojos unos magnates vascos. Se trataba de don Ramón de la Sota y de su cuñado Aznar. Pensaban hacer un ferrocarril para bajar el mineral de hierro de las minas de Sierra Menera, hasta el puerto que estaban construyendo en Sagunto. El valle, de pronto, iba a tener dos ferrocarriles, uno sería conocido como el Central de Aragón y el otro el de la (CMSM) Compañía Minera de Sierra Menera (1907).
Antonio, de vuelta a casa a lomos de aquella potente máquina de vapor, observaba a los hombres del valle dedicarse a las tareas agrícolas con inusitado afán más allá, aún, de la caída del sol. Los atajos de ganado bajaban ya compactos por las barranqueras y ramblas para cerrarse en las majadas. Los labradores cargaban en el baste de las caballerías el arado, el yubo y el timón, ciñéndolos con buenas sogas de cáñamo. Otros combatían con cepos y humo los nidos de ratones que se comían los bulbos del azafrán. Todo el campo era un mar de cáñamo y cereal. La huerta verdegueaba de alfalces, de pipirigallo, de remolachas y panizos. Río abajo, cada vez se hacían más abundantes los manzanos, perales, azarollos y  cerezos. Las viñas ocupaban buena parte de las tierras marginales dando un inusitado verdor a las lomas que arrancando del valle se elevaban hacia Peña palomera y San Ginés.
Antonio y Julián habían sido amigos desde niños. Juntos habían ido a la escuela y juntos habían hecho infinidad de “males” por majadas, huertos, teñadas, graneros y falsas. No había espacio que no conocieran como la palma de su mano. A las zagalas del pueblo también las conocían, aunque, iban a la escuela separados y tampoco jugaban juntos. La separación por sexos era la norma de aquellos tiempos y las distintas labores y temas de aprendizaje lo eran igualmente. Las chicas dedicaban más tiempo en la escuela a la costura y al rezo del catecismo que los chicos. Estos, a su vez, deberían aprender la lectura, la escritura y las "cuatro reglas" en apenas cuatro años de escolarización. Pronto sus padres los ponían a trabajar, bien como pastores con una punta de ganado, bien en las faenas del campo.
De la misma manera, sus padres les buscaban acomodo, esto es, una chica con la que casarse y formar una familia. En el acuerdo matrimonial estaba incluida la dote y con ella la viabilidad del matrimonio, dotando a la pareja de casa, campos de labor y algún ganado. A Antonio lo casaron con María, una joven de su misma edad y a la que conocía desde niña. A Julián no lo casaron sus padres pues,  de momento, no encontraban forma de dotarlo con algún tipo de bien material que cumpliera a los padres de las posibles pretendientas. No por ello Antonio y Julián dejaron de ser amigos y confidentes.
Antonio, de pelo rojo y ojos azules, era un mozo fornido y trabajador. A menudo se confiaba a su amigo y le decía: “Mi mujer, María, me quiere de verdad”. Ciertamente que ella le preparaba con todo cuidado el saquillo de la merienda y procuraba tener la casa limpia y aseada.  Pero aquel amor todavía no había logrado traer un hijo aunque, ciertamente, estaban en ello. Viendo Julián un punto de ceguera en los amores de Antonio hacia María, le inquiría cada vez que su amigo le hacia la misma confesión: “¿Estás seguro, Antonio?
Pasaron los días sin que los hijos llegaran al matrimonio. Antonio cada vez confesaba a sus amigos, con más vehemencia, el secreto que antes sólo confesara a Julián. Ya era la comidilla en todo Ojos Negros, los ciegos amores de Antonio para con su mujer. Ella, en más de un a ocasión le había confesado que le sería fiel hasta más allá de la muerte.
Pensó Julián en la forma de abrirle los ojos a su amigo, sobre la verdadera naturaleza de su mujer. Para ello, habló con los amigos en una de las bodegas a las que cada noche acudían a beber y a cantar. Debemos abrirle los ojos a Antonio, su ceguera es tan grande que no es justo que viva engañado siempre. Antonio en principio se resistió a tal prueba pero, finalmente, cedió ante la vehemencia de sus amigos.
Un día llegaron noticias a Ojos Negros de un accidente ocurrido en la construcción de la fábrica de azúcar de Santa Eulalia. El fallecido era Antonio que había quedado muerto y desfigurado como consecuencia de haberle caído una gran piedra sobre su cuerpo. Deformado e irreconocible, lo metieron en un ataúd y lo subieron para hacerle el  velatorio a su pueblo natal.
Esa noche colocaron en el patio de la casa el ataúd sobre las parihuelas, los candelabros, y el sudario sobre el difunto. Ocultaron de forma intencionada la posibilidad de ver el rostro, siquiera deformado de Antonio. En el velatorio, al que acudían multitud de vecinos, debían de ser agasajados convenientemente. Por tal circunstancia María no paró en toda la noche de atender a las visitas ofreciéndoles de cuanto tenía en las despensas, en el corral y en los graneros. Julián estaba atento y solícito a cuanto le pedía María. Ya bien entrada la noche, cuando quedaron con el cadáver los más íntimos, María se confesó a Julián. Mi marido Antonio, que en paz descanse, me pidió que en caso de muerte te casaras conmigo.  Ante la confesión de tal impostura hizo su aparición Antonio, el marido, que estaba vivo y bien vivo, pero ahora completamente muerta la estima y roto todo el respeto hacia la que era su mujer.
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