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sábado, 26 de noviembre de 2016

Noviembre2016/Miscelánea. EN EL XXX ANIVERSARIO DE LA DECLARACIÓN DEL MUDÉJAR TUROLENSE PATRIMONIO DE LA HUMANIDAD.

OMAR Y ZORAIDA
(La leyenda de las torres)
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Era los tiempos en que los cristianos estaban construyendo la villa de Teruel. Hacía finales del siglo XII ya habían construido el anillo amurallado que protegería a sus habitantes y, tras la conquista del levante peninsular, volvieron los bravos guerreros con recio botín. Con tales riquezas, alcanzadas con el poder de sus brazos y de sus espadas,  pretendía adornar  la nueva villa con torres  y jardines a imitación de la mítica Babilonia. Dicen los sabidores que vivían en la villa un joven alarife llamado Omar y una joven doncella llamada Zoraida. Ambos eran mudéjares, esto es, que pertenecían a un grupo de moros a los que se les había permitido quedar en Teruel, tras la conquista por los cristianos. Ambos eran jóvenes y ambos se amaban. Sucedió por aquel tiempo que la parroquia cristiana de San Martín quiso levantar torre y encargó a Omar, por ser el maestro albañil más diestro del reino de Aragón, la construcción. Contento Omar con el encargo y seguro que tal obra iba a darle dineros y fama, se apresuró a pedir a Muhammad, la mano de su hija Zoraida. Se hicieron las capitulaciones matrimoniales, pues los jóvenes se amaban mucho y los padres estaban de acuerdo, con la condición de que Omar acabara la torre al menos en un plazo de cinco años y, tras rematarla, se produciría la unión marital.
El joven llevado por la impaciencia contrato rápidamente mano de obra, puso los hornos a cocer ladrillo en la zona de la Ollerías y a picar piedra en las canteras de Turretallata. Ansiaba terminar la obra cuanto antes y poder tener entre sus brazos a su amada Zoraida. Muy cerca de esta parroquia había y perdura otra llamada de San Salvador en la que, también, otro joven llamado Abdalá así mismo mudéjar, hermano de Omar y pretendiente de la bella Zoraida, estaba levantando otra torre semejante en altura y belleza.
Como el amor no da tregua al ánimo, Omar trabajaba día y noche en los andamios que levantaban la torre mientras que, por otra parte, descuidaba el control de los ladrillos que se elaboraban sin la correcta cochura. Decían por las noches lo moros de la Andaquilla a tenor de las prisas que  veían en Omar que, las prisas, son malas consejeras. Y a consecuencia de las prisas tuvo lugar el desenlace de esta historia.
Resultó que Omar levantó la torre sin que acabara el plazo establecido, cinco años. Al quitar los andamios y las esteras que la cubrían, los turolenses quedaron asombrados de la perfección y del brillo de los azulejos contra el sol de la tarde.  Un ¡¡¡Oooohhh!!! rotundo salió de la boca de los descreídos espectadores que tuvieron el privilegio de contemplar, por primera vez, aquella obra, más propia de la opulencia de Oriente que de las áridas tierras turolenses. Solamente un niño se dio cuenta de una imperfección y es que, debido  a la humedad que aún conservaban los ladrillos por su deficiente cochura, la torre se inclinaba y se retorcía sobre sí misma de una forma casi imperceptible, pero suficiente para truncar el corazón de Omar y la perfección con la que él, deseaba obsequiar a Zoraida.
Fruto de este desesperado y atroz suceso Omar subió a lo alto de la torre y se lanzó al vacío perdiendo la vida y dejando  una huella indeleble en la cuesta de la Andaquilla que, muchos, señalan todavía diciendo: ¡Aquí murió Omar, por el amor de Zoraida!
Zoraida y Omar
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