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domingo, 24 de abril de 2016

Abril2016/Miscelánea. EL DRAGÓN D´ARAGÓN (LA LEYENDA DE SAN JORGE, LA DONCELLA, EL DRAGÓN Y LOS ESTRECHOS DE VILLEL)

DRAGÓN D´ARAGÓN
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Este relato, según figura en el pergamino encontrado en El Campo (Villel)  se encabeza con los números 613353 de la Cábala y es, para algunos, el origen de muchas de las leyendas de San Jorge en Aragón.
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Desde sus orígenes mágicos y legendarios, éste que ahora habitas y cultivas, fue reino de dragones. Y, esto que ahora relato, lo encontré escrito en un viejo pergamino perdido en uno de los desvencijados desvanes de las ruinas de El Campo (Villel).  Todo sucedió, mucho antes de que el rey Pedro IV los sometiera y los colocara de adorno sobre sus cimeras. Hasta entonces, estas sierpes malignas, siguiendo su propia naturaleza despiadada acechaban todas las fronteras del reino y batían a los hombres y a los animales sin piedad. Los tributos siempre los cobraban en sangre de doncella o en barón recién nacido y, luego de quedar satisfechos, dejaban por un tiempo tranquilos a los hombres. Por esta razón el rey había dividido el reino en Cullidas y Sobrecullidas que eran los puntos por los que se entraba y se salía de Aragón y los puntos críticos donde aparecían, también, los dragones para coger su botín, esto es, para hacer su cullida.
Dos enormes rocas partidas por el cauce milenario del Turia abrían paso, al agua y a las personas, que transitaban entre los reinos de Aragón y Valencia. Junto al paso, estrecho o angostura, las montañas lindantes estaban cargadas de ricos minerales. Entre estos minerales había abundancia de azufre, que era esencial para el nacimiento del fuego en el seno del dragón. Esta razón, así como otras de peso que luego contaremos, era la causa por la cual, aquí, estaba situada la mayor de las DRAGONERAS del reino.
Aguas arriba del cauce del río Blanco, en cuyas aguas se bañaban los dragones para hacerse invisibles, existía un fuerte castillo levantado por poderoso caballero sobre una potente y aguda roca. A sus pies y, acogidos a la protección del potente brazo de los sucesivos señores del castillo, había crecido un villorrio. Sus laboriosas y humildes gentes,  vivían y prosperaban gracias a los frutos que su hermosa huerta les proporcionaba. Gracias también al pastoreo, a la recogida de miel, plantas aromáticas… pero, sobre todo, al comercio de las caravanas que cargadas de mercadería llegaban desde oriente a través del puerto de Valencia. Tenía este comercio un día a la semana en que no tributaba al señor del castillo y que lo practicaban los “Liberos”(libres) palabra que ha dado hoy en decirse Libros.
No hubieran tenido las páginas de la historia, ni aún aquellas que recogen las mejores Leyendas de la Tierra, noticias de este lugar a no ser por las graves perturbaciones que ocasionaban estas sierpes, con boca de fuego, que a menudo se apostaban en los Estrechos de Villel y que arrebataban a los viajeros, sin distinción, todo aquello que entraban o sacaban de Aragón.
Todo se complicó el día en que el rey de los dragones pidió como tributo, nada más y nada menos, que a la hija doncella del señor del castillo de Villel. Era esta, una primorosa jovencita de apenas doce años de edad y de la que su padre, lógicamente, estaba prendado. En vano pidió al rey de los dragones cambiarse él, por su hija. En vano mandó, el señor del castillo, cegar todas las bocas de las minas de azufre para que al faltarles el fuego se ahogaran en el humo. De nada le sirvió, tampoco, abrir en roca viva la fuente de la Chartera y con ella teñir de rojo las aguas del Turia para evitar la invisibilidad de los dragones. Todo fue inútil y el día señalado para la entrega se acercaba, inmisericorde.
Mando entonces el señor de Villel cartas a los principales señores de estas tierras circundantes del reino de Aragón, señalando que: al valiente que venciera al rey de los dragones en los Estrechos de Villel, le entregaría la mano de su hija. Hasta el lugar señalado como El Campo, junto a los Estrechos de Villel, acudieron sucesivamente los más principales señores. Allí se batieron y perecieron los Azagra, los Cañada, los Tosos, los Pomar, los Sánchez Muñoz, los poderosísimos condes de Fuentes, los de la Florida, los de Híjar, los de Bernabé, los de Greixell… y, hasta el señor de Molina.
Desesperado, el señor de Villel veía acercarse el día señalado, que era el día de su ruina y de su perdición, irremisiblemente. De nada valió todo el oro, diamantes y piedras preciosas que pudo entregar en prenda.
Al alba del día señalado acudió, el señor de Villel con su hija, hasta la explanada de El Campo para hacer entrega de la prenda solicitada por el rey de los dragones. Sin embargo, la sorpresa fue mayúscula al ver, en mitad del campo de batalla a un caballero perfectamente pertrechado que portaba lanza y un escudo de plata bruñida cuyo reflejo deslumbraba a personas y animales. Me llamo Jorge y vengo de Capadocia atraído por la belleza y bondad de tu hija.  Hoy, aquí en El Campo, daré la más fiera y feroz batalla de mi vida por tu hija, que es la más bella de las doncellas que lavan su cara, con las aguas del río Blanco.
Apareció el rey de los dragones y hubo simpar batalla. Por momentos la victoria se decantaba hacia una u hacia otra de las partes. Llevaban varias horas de combate, sin tregua, hasta que por fin el sol alcanzó el ángulo apetecido por el caballero. Éste, dirigiendo con gran habilidad los rayos de sol reflejados en su pulidísimo escudo, dejó deslumbrado y ciego al dragón, momento que aprovechó para asestarle una lanzada mortal, penetrándole por la boca a la sierpe de fuego y que, al instante, yació muerta en la tierra junto al Turia.
Allí mismo se construyó un ermita y se realizaron los esponsales entre Jorge y la doncella de Villel. Pero, un buen día, el caballero y la doncella, montados en caballo blanco marcharon cabalgando por el cielo hasta la Capadocia. Desde entonces, en todo el Alto Turia se espera su regreso con ocasión de alguna circunstancia excepcional que les haga volver,  de nuevo.
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