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viernes, 22 de abril de 2016

Abril2016/Miscelánea. EL CONVENTO DE LA CONCEPCIÓN EN ÉPILA ANEJO AL PALACIO DE LOS CONDES DE ARANDA.

CONVENTO DE LA CONCEPCIÓN
EN ÉPILA
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Épila fue villa condal y por ello destacan tres edificios históricos en particular. Se trata de la ex-colegiata de Santa María, del palacio de los condes de Aranda y del convento de la Concepción, unido al palacio por un pasadizo sobre la calle.
En esta ocasión veremos el convento de la Concepción que es un soberbio edificio del siglo XVII y muestra dos aspectos muy llamativos. El exterior nos recuerda a los palacios renacentistas con sus ventanas corridas y, a la vez, es de destacar las celosías de trama mudéjar que cubren todos los ventanales. La fachada principal es de gran presencia con tejado a dos aguas y sencilla espadaña. Dos grandes portadas labradas y un blasón imperial nos conducen al interior de su iglesia.
Esta es de planta latina y decoración mudéjar con esgrafiados. Bóveda de cañón con lunetos y cúpula pintada en el crucero. Se adorna con grandes cuadros y lápidas que hacen referencia a la fundadora y hermana del conde de Aranda.
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EL CONDE DE ARANDA
Texto tomado de: Biografías y Vidas,
Conde de Aranda
(Pedro Pablo Abarca de Bolea, Conde de Aranda; Siétamo, España, 1719 - Épila, id., 1798) Militar y estadista español. Décimo conde de Aranda, fue enviado a estudiar a Bolonia, pero su decidida y temprana vocación militar le condujo a alistarse en el ejército español, en el que llegaría a capitán general de Valencia y Murcia. Anteriormente, y como embajador, sirvió en Lisboa, Polonia y París.
Después del motín de Esquilache (1766), Carlos III lo llamó a Madrid y le nombró gobernador del Consejo de Castilla, cargo desde el que inició el proceso que acabaría con la expulsión de los jesuitas en 1767, bajo la acusación de actuar contra el rey y organizar motines. A lo largo de los siete años que estuvo al frente del Consejo de Castilla, instauró una política reformista basada en los principios de la Ilustración con la que consiguió el aprecio popular y el elogio del mismo Voltaire.
Sus crecientes diferencias con Carlos III lo indujeron a solicitar la embajada de París (1773-1787). En su gestión diplomática consiguió éxitos tan sobresalientes como la firma del tratado de paz con Gran Bretaña (1783). De nuevo en España, hizo todo lo posible por favorecer la caída del conde de Floridablanca, por quien sentía profunda antipatía.
Cuando éste fue destituido por Carlos IV (febrero de 1792), Aranda fue nombrado secretario de Estado interino, y como tal tuvo que hacer frente a las difíciles relaciones con la Francia revolucionaria. Sostuvo con firmeza una política de neutralidad que no tuvo arraigo, pues fue destituido a los pocos meses.
Le sucedió Manuel Godoy, que declaró la guerra a Francia y ordenó el arresto de Aranda, mientras se incoaba un proceso en el que intervino la Inquisición. En 1795, concluida la guerra con Francia, se sobreseyó la causa y se le levantó el confinamiento. Aranda decidió retirarse a la villa de Épila, donde murió.
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