PREDICAR
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La historia de la humanidad está
llena de fracasos iniciales que luego, con el tiempo, se tornan en éxitos. Es el
caso de Jesús el Nazareno o Nazorreo, cuyo intento de liderar al pueblo Judío
fracasa rotundamente. Tan es así que es crucificado a instancia del propio
pueblo al que quería redimir y que prefiere salvar a un malhechor (a Barrabás)
que a él, el autoproclamado Hijo de Dios. Consecuencia, pues, de este fracaso,
la secta judía de los nazorreos se tiene que convertir en religión y esto
comienza con San Esteban, que es el primer mártir (protomártir) de la ya desde ese momento, nueva
religión y que asume el legado del judaísmo e incorporará con el tiempo el Nuevo Testamento.
Hasta ese momento Tribu y Religión
son dos factores que van unidos. Ni en los Hindúes ni en los Judíos era, ni es, necesario el apostolado pues “pueblo y religión” formaban un bloque compacto
que acompañaban al hombre en toda su trayectoria humana y, así, generación tras
generación. Sin embargo, la nueva religión “Cristiana” carece de pueblo o
tribu. Para lograrlo entra en funcionamiento el apostolado, la predicación. Es
decir la palabra revelada debe ser conocida por todos y de esa forma constituir
un nuevo pueblo elegido por Dios.
La predicación, es decir, "publicar, hacer patente y claro algo” (RAE) tiene con el tiempo y superada la persecución romana, tal éxito, que el
Cristianismo se ha convertido en una de las más importantes religiones de la
humanidad.
Pero, cómo se consigue este éxito en
una población mayoritariamente analfabeta e inculta. La Iglesia tiene que echar
mano de los mejores artistas del mundo. Los templos se llenan de retablos y de
imágenes, las mismas procesiones de Semana Santa tienen esta finalidad
didáctica. Y, el Cristo Muerto de Gregorio Fernández que aquí traemos es, “exactamente”,
lo que quería la Iglesia. Es la imagen “clara y patente” de la muerte de Jesús,
que luego resucitará. Para que no quepa la menor duda de su muerte, ahí está la
herida sangrante. Ahí se puede ver con toda claridad los orificios de los clavos
y ese rostro, plasmado como en una instantánea, en plena agonía.
Ya, nuestro Jerónimo Lafuente señala
en pleno siglo XX, no ya la incultura y el analfabetismo entre el pueblo sino
entre los propios curas “racioneros” de la ciudad de Teruel (aún quedaba alguno). Así, señala que, para ser
sacerdote bastaba con: “… vestirse de estudiante / ir algún tiempo a las aulas,
/ o aprender con algún padre / a mal decir una misa / y mal cantar una salve, /
algunos casi en latín, / en gringo la mayor parte! / ¡Oh, racioneros…”
Los siglos del barroco son, pues, los
siglos de los grandes “imagineros” que crearán las imágenes que desfilarán en
las más importantes procesiones de Semana Santa de toda la Península.
Vale la pena, siquiera sea por ver
esta imagen de Gregorio Fernández, venir a Segovia.
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En la capilla del Descendimiento de la Catedral de Segovia se custodia una de las obras maestras de Gregorio Fernández, su Cristo Yacente, obra barroca del siglo XVII realizada en la última época del maestro castellano. Se caracteriza esta obra por su "dramatismo contenido" en los rasgos pero enfatizado en la sangre que mana de las heridas; nos encontramos ante un cuerpo esbelto tratado con gran naturalismo,detallismo y minuciosidad, reforzado por los postizos de los ojos, dientes y uñas, que dan más realismo a la imagen. Presenta las características definitorias del trabajo de Gregorio Fernández en la individualización de los mechones del pelo y la barba, así como los pliegues angulosos en el paño de pureza y sudario. La imagen fue realizada para ser contemplada lateralmente en el banco del retablo de la capilla. (Guía de Segovia)
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