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martes, 28 de abril de 2015

Abril2015/Miscelánea.RÍO EBRÓN. TERCER TRAMO, DESDE LOS ESTRECHOS HASTA EL CUEVO.

TERCER TRAMO
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Una vez recorrido el segundo y fatigoso tramo del río Ebrón, entre Tormón y El Cuervo, sentáronse los gacheros en la paz y frescura de este río, milagrosamente conservado virgen. Sobre un prado verde junto a las aguas claras, sacamos algo de comer y mucho de beber. La mayoría no trajo merienda y bien que se lo había recomendado gachero Aurelio, por ello, al verse desoído él y con comezón los otros gacheros, les dijo aquello de: “Bien come el catalán, si se lo dan”. En el beber, sin embargo, se fue largo y gachero Guillermo recomendó, primero, enjuagarse la boca con las aguas claras del río ya que: “Buena es el agua, que cuesta poco y no empalaga.” Entre la entretenida flores y hierbas de aquel entorno paradisiaco, alguien recordó cuentos, poesías y leyendas de la provincia. Y era el caso de recordar lo viejo, pues el futuro no garantiza la pervivencia integra de nuestro patrimonio de transmisión oral.  Recordé entonces, una serie de cuentos populares que me había enunciado José Burillo Fleta, en una ocasión en que fui a visitar la ermita de Santa Quiteria de Huesa del Común. Luego he visto que dichos cuentos estaban recopilados por Arcadio de Larrea y que tenían cierta concomitancia con los de Pancrudo. Así que, además de obsequiar a los gacheros con la famosísima pajarilla de Encinacorba y queso de Albarracín, les relaté como bien pude, este cuento que aquí traigo bien escrito y pergeñado por su recopilador. Comencé pausado ante la ávida expectación que habían creado mis palabras previas:
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LA BUENA HIJA
Un padre tenía tres hijas. Un buen día decidió partir hacia la feria y le dijo a la mayor:
 -¿El qué quieres que te traiga?
 -Padre, querría unos pendientes -respondió la muchacha.
 La misma pregunta formuló a la hija mediana, a la que ésta contestó:
 -Padre, yo quiero una peineta.
 Y de nuevo, con la misma pregunta se dirigió a la más pequeña de las hijas, quien, de inmediato, respondió:
 -A mí, padre, tráigame un tomillico de oler.
 El hombre llegó a la feria y les compró a las muchachas lo que le habían pedido. Por último, fue a arrancar el tomillico que le había pedido la pequeña, pero le salió un culebrón muy grande que le dijo:
 -Si no me caso con alguna de las tres hijas que usted tiene, le mataré.
 El padre, un poco amedrentado, le contestó:
 -Bueno, ya se lo diré a ellas.
 Se dirigió a la mayor de las hermanas y le entregó los pendientes, pero le contó que, al arrancar el tomillico, un culebrón lo había amenazado de muerte si ella no se casaba con el animal. La hija mayor le contestó a su padre:
 -Pues, para que me mate a mí, padre, que lo mate a usted.
 Se dirigió, después a la hija mediana, le entregó la peineta y le contó la historia del culebrón. La hija mediana le respondió lo mismo que la hija mayor:
 -Padre, pues, para que me mate a mí que lo mate a usted.
 El padre, un poco desesperado, se dirigió, por fin, a la hija más pequeña y le entregó el tomillico que ésta le había pedido. Le preguntó que qué tal le había ido por la feria. A lo que el padre le respondió que bien, pero que, cuando había ido a arrancar el tomillico, le había salido un culebrón y le había dicho que como su hija pequeña no se casara con él, el animal mataría al padre. La buena hija, al escuchar la historia, formuló una respuesta diferente a la que habían formulado sus hermanas:
 -Padre, pues, para que lo mate a usted que me mate a mí.
 Al cabo de tres días, apareció por la casa del padre un caballero hermoso y las tres hijas querían casarse con él. El caballero escogió a la pequeña y pronto se casaron.
 Cuando el caballero y la muchacha se acostaron, al desnudarse ésta, el caballero le dijo:
 -Quítate ese escapulario de la Virgen que llevas en el cuello.
 La muchacha le contestó que no. Dos veces más insistió el caballero, obteniendo la misma respuesta de la muchacha. El caballero pronto se transformó en lo que era: el mismo demonio. Seguidamente, y como la muchacha no le había hecho caso, le cortó los dos brazos y la dejó en la copa de un árbol.
 Quiso la fortuna que el perro del rey de aquella tierra le llevase a la muchacha la comida que los criados le preparaban para él. Un buen día el rey siguió al perro y descubrió a la mujer en la copa del árbol. Mandó a sus criados que la recogieran y que la llevaran a casa. Allí la trataron como si hubiera sido siempre de la familia. El rey se enamoró de ella y se casaron.
 Estalló una guerra en el reino, la muchacha manca estaba embarazada. El día que dio a luz le escribieron al rey que la manquica había tenido un niño muy hermoso. Pero apareció, de nuevo, el demonio y le dijo al rey que la muchacha había dado a luz a una cosa muy fea, negra, que se subía por las paredes. Lo mejor, dijo el malvado, sería matarlo y así lo mandó a los soldados del rey. Enterada la muchacha, huyó con su hijo. Anduvo y anduvo, y, mientras, el niño lloraba.
  Llegó la muchacha con su hijo a una balsa. Tenía sed y se agachó para beber agua. Un milagro hizo que le nacieran los brazos. Se le apareció la Virgen y le dijo que le iba a poner una posada. En ella sólo entrarían los que dijesen tres veces Ave María Purísima. A las doce de la noche, una escuadra de Caballerías pegaron a la puerta. La muchacha contestó:
 -Si no dicen tres veces Ave María Purísima, no abro la puerta.
 Eran los demonios y se marcharon blasfemando.
 Al cabo del rato, un grupo de soldados llamaron a la puerta de la posada. La muchacha les pidió que invocaran tres veces el nombre de la Virgen, cosa que estos hicieron al momento. La puerta de la posada se abrió sola. La mujer se puso a prepararles la cena. El niño lloraba y lo cogían todos los soldados para que callara. Con ninguno, sin embargo, callaba. Luego, lo cogió el rey entre sus brazos y les dijo a sus soldados:
 -¿Veis como no sabéis tener al niño y conmigo calla?
 Y entonces, prodigio que acontece sobre las gentes buenas, el niño habló y dijo:
 -Pues no he de callar, si eres tú mi padre.
 El rey reconoció a su hijo y también a su esposa que ahora tenía los dos brazos que, en otro tiempo, el demonio le había cortado y que la Virgen le había devuelto.
(Cuentos de Huesa del Común, recopilados por Arcadio Larrea.)
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