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sábado, 4 de abril de 2020

Abril2020/Miscelánea. JOSÉ IBÁÑEZ MARTÍN PRESIDENTE Y FUNDADOR DEL CSIC (CONSEJO SUPERIOR DE INVESTIGACIONES CIENTÍFICAS)


José Ibáñez Martín
Conde (consorte) de Marín (Valbona, Teruel), 1896 / Madrid, 1969
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Presidente del CSIC entre el
(30/12/1939-31/08/1967)
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FUNDADOR Y PRESIDENTE DEL CONSEJO SUPERIOR DE INVESTIGACIONES CIENTÍFICAS
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Su participación en la política comenzó durante la Dictadura de Primo de Rivera, y se plasmó en el desempeño de numerosos cargos políticos: Teniente Alcalde del Ayuntamiento de Murcia; Presidente de la Diputación de Murcia. Entre 1927 y 1930 fue miembro de la Asamblea Nacional; durante la II República fue uno de los promotores del grupo Acción Española, que agrupó a los principales intelectuales de la derecha monárquica autoritaria, y representó en el Parlamento a la provincia de Murcia (1933).
Tras la Guerra Civil fue uno de los puntales de la reconstrucción del nuevo Estado. Su campo de actuación fue la adecuación de todos los aspectos educativos, cuyo Ministerio desempeñó entre 1939 y 1951, y desde el que organizó los distintos niveles de la enseñanza y creó el Consejo Superior de Investigaciones Científicas. Fue también Procurador en Cortes (1943-1967), Presidente del Consejo de Estado (1951-58) y Embajador en Portugal (1958-69). En 1967 fue nombrado Presidente de Honor del CSIC.
Perteneció a las Reales Academias de Bellas Artes de San Fernando (1956), de Jurisprudencia y Legislación (1962) y de Ciencias Morales y Políticas (1967).
Estaba en posesión de numerosas condecoraciones españolas, entre las que cabe destacar: Gran Collar de Alfonso X el Sabio y Grandes Cruces de Carlos III, de Isabel la Católica, de Alfonso XII, de la Orden de Cisneros, de San Raimundo de Peñafort; y extranjeras: San Gregorio (Vaticano), Libertador (Argentina) y Sol del Perú.
Fue nombrado doctor honoris causa por las universidades de Santiago de Chile (1938), Sevilla (1956), Oviedo (1960) y Pontificia de Salamanca (1966).
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LA LEY FUNDACIONAL (1939)
Unos meses más tarde se redefine el proyecto mediante la creación del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (Ley de 24/11/1939). A la nueva institución se le transfieren los locales y competencias de la JAE, de la Fundación de Investigaciones Científicas y Ensayos de reformas, los que habían sido creados unos meses antes por el Instituto de España y todos aquellos que perteneciendo al Ministerio de Educación Nacional no estaban vinculados a la Universidad.
En la exposición de motivos se señalaba “la voluntad de renovar su gloriosa tradición científica” asentándola sobre la “restauración de la clásica y cristiana unidad de las ciencias destruida en el siglo XVIII”. Dichos principios, que inspiraron el nuevo régimen político implantado en España, entroncaban con los pensadores de la ideología contrarrevolucionaria europea de finales del siglo XVIII, período con el que se pretendía enlazar.
Se hacía una valoración negativa del período inmediatamente anterior (“pobreza y paralización”) planteando como alternativa una recuperación de las energías espirituales de la hispanidad a fin de crear una cultura universal. La idea de anatemizar la JAE y de crear una institución bajo principios ideológicos opuestos está presente en todos los textos legales, y en los escritos de sus principales directivos de los momentos iniciales.
Estos condicionamientos ideológicos lastraron la actividad científica durante un importante período, especialmente en las especialidades más sensibles a estos planteamientos. Pero esta limitación fue general en el país y no se limitaba exclusivamente al CSIC, que sobresalió de forma notable por encima del resto de instituciones que tenían actividad en el campo investigador, incluida la Universidad. En colaboración con las Real Academias y los profesores universitarios que habían superado la depuración, incluso algunos que habían colaborado anteriormente con la JAE, se puso en marcha la nueva Institución.
Inicialmente se le asignó una función “coordinadora y estimulante” señalando que no debía “mediatizar los centros e instituciones que con vida propia se desarrollan”.
Al igual que en el proyecto al que sustituía debía asumir las funciones de relación con las instituciones homólogas extranjeras y se planteaba la necesidad de fomentar las estancias en otros países.
En la introducción de esta ley fundacional se menciona el árbol de la ciencia, en el que hay que "promover su armonioso incremento y su evolución homogénea, evitando el monstruoso desarrollo de algunas de sus ramas, con anquilosamiento de otras". Esta alegoría del árbol de la ciencia es lo que da origen al granado que sirve hasta hoy de logotipo del CSIC
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