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lunes, 15 de septiembre de 2014

Septeimbre2014/Miscelánea. DESCRIPCIÓN DE LA CIUDAD DE ALBARRACÍN POR PÍO BAROJA EN SU NOVELA: LA NAVE DE LOS LOCOS.

Pío Baroja y Nessi, San Sebastián, 28 de diciembre de 1872 -  Madrid, 30 de octubre de 1956
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NOVELA
La nave de los locos, 1925.
La acción se desenvuelve durante la Primera Guerra Carlista.
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DESCRIPCIÓN DE LA CIUDAD DE ALBARRACÍN POR EL FAMOSO NOVELISTA
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IV
EL TEJEDOR DE ALBARRACÍN
A la vuelta de un camino, Alvarito divisó Albarracín a lo lejos, sobre cerros blancos y amarillentos, en un cielo azul, tachonado de nubes como bloques de mármol.
Cuando Álvaro vio Albarracín desde larga distancia, le dio  la impresión de que debía de ser ciudad importante y grande.
Pararon en una posada de las afueras y Álvaro se lanzó a subir por la principal calle de Albarracín, y se encontró, con sorpresa, con un pueblo vacío. Era día de fiesta, Jueves Santo; no se veía un alma por ninguna parte.
Pensó si la gente se hallaría en la iglesia; pero, no; en la ancha nave habría quince o veinte personas en conjunto; entre ellas un vendedor de carracas, con una especie de percha en la mano izquierda y en la derecha una carraca grande.
Llegó a la parte alta de la ciudad, donde se terminaban las casas. Aquel pueblo trágico, fantasmático, erguido en un cerro, con aire de ciudad importante, con catedral y sin gente en las calles, ni en las ventanas, ni en las puertas, le produjo enorme sorpresa.
Bajó de nuevo por la misma cuesta, contemplando algunos miradores en las aristas de los edificios y las rejas con sus adornos y sus clavos. Dos o tres mujeres, vestidas de fiesta, con pañoletas de color, y tres o cuatro hombres, formaban en conjunto toda la población vista por él en Albarracín.
Marchó a la posada, comió y en compañía del Peinado, fue después a un café pequeño, en donde se reunían docena y media de personas.”
VI
EL CAMPO
…. “Con el profesor, Álvaro visitó los alrededores. Estos aledaños de Albarracín eran despoblados, desnudos, de una terrible soledad.
El profesor mostró a Alvarito las murallas de la ciudad antigua, y juntos recorrieron las colinas de peña caliza por donde pasa el Guadalaviar desde las sierras Idúbedas.

Todo aquel campo tenía un aire desolado como pocos; era una tierra de anarquismo cósmico, bronca y maravillosa; un paisaje para aventuras de caballeros andantes; despoblado, desierto, sin aldeas, con barrancos dramáticos llenos de árboles, con cuevas sugeridoras de monstruos y endriagos.  La tierra de las proximidades de Albarracín, según dijo el profesor, se iba haciendo cada vez más fría, sin saber por qué, y la viña desaparecía paulatinamente de los contornos. Unos días después, el señor Golfín y Álvaro se alejaron de la ciudad, hacia el país de los madereros. Allí no se notaba, ni la guerra ni la paz, porque aquello parecía un lugar desierto y abandonado.”
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