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viernes, 4 de abril de 2014

Abril2014/Miscelánea. ARQUITECTURA POPULAR

Hasta los años sesenta y setenta del siglo pasado, en los pueblos convivían los animales y las personas. Recuerdo de pequeño ir a “estajar” el ganado al caer la tarde pues, cada rebaño se componía de la agrupación del de varios propietarios hasta formar un contingente suficientemente grande como para contratar un pastor o para turnarse en el pastoreo los dueños. La casa de un pueblo turolense contenía lo necesario para asumir el papel agropecuario de su economía. Corral, cuadras, cortes, gallinero, conejares, amen de solanares, cambras o graneros. Además de la vivienda propiamente dicha se le adjuntaban pequeños habitáculos como pajera, bodega, leñero, bardera, etc., etc. La casa era un micromundo que daba solución a las necesidades de supervivencia de sus habitantes.
Toda esta parte vital de nuestra historia y de nuestro modo de vida tradicional ha desparecido en el transcurso de una generación. El llamado “ladrillazo” o fiebre constructora ha llegado también a nuestros lugares arrasando con la arquitectura popular y dejando unos “conjuntos urbanos” de un aspecto desolador. Si exceptuamos aquellos pueblos que tienen algún tipo de protección patrimonial, en el resto, se ha actuado de forma anárquica en la reforma o reconstrucción de las casas. Las calles parecen dientes de sierra (por sus entrantes y salientes) y donde se alternan sin ningún sentido casas desvencijadas y abandonadas por sus dueños, con modernas edificaciones de fachadas llamativas y pintorescas. ¡Qué maja me ha quedado mi casa!, dice el dueño orgulloso, tras la reconstrucción de la casa que fuera de sus padres… Sin advertir, de lo llamativo y esperpéntico de la obra. De esta forma, el conjunto del caserío resulta con un aspecto deplorable.
Por todo ello, cuando vamos a un pueblo, nos fijamos en aquella parte que conserva su arquitectura popular y que tiene un sentido cultural para el viajero y no en esas horrorosas construcciones (tipo chalet) que tanto dañan a la vista.
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Brenca es una palabra aragonesa que significa, poco. En frases negativas como, ni brenca ni meya, se traduce por nada de nada.
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