LOA
AL ALTO GUADALOPE
AL ALTO GUADALOPE
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Me hablaron una vez, hace ya
tiempo, de un valle semioculto. Escondido entre rocas cenicientas, prados de
esmeralda y colinas cubiertas de sabinas rastreras. Alto valle, de un río minúsculo,
casi desaparecido. La memoria perdida de sus gentes hablaba de lobos en la
noche y domingos arrasados por las balas asesinas. Al principio, apenas era una
teja de agua que llevaba a sus espaldas el azote cruel de un viento que
desuella. Moría en el invierno todo atisbo de vida, todo sueño de luna, toda
gracia divina. Pero en la primavera renacía el sonido de la fragua, el tafil de
los atajos vacunos y el trajín de la lana en los telares. Para el verano renovaba
el Tosco sus poleas y hablaba así el pastor, al herrero: cuando llegue el otoño
y esté a punto de morir la luz primigenia entre los dientes de los lobos, manda
a tu hijo Francisco Peña a Bolonia. El será, después de Dios, el gran legislador.
Era buena la tierra, buena la gente, apacibles los ganados en la soledad y la calma de los altos y frescos prados. Y del fruto de siglos de trabajo incesante de los hombres por aquí, por estos riscos atormentados, se hallaron más tarde, los grandes legajos que contenían las leyes perdidas y apenar sujetas al hilo liviano de un recuerdo etéreo (Fueros de Miravete). Apenas el río había nacido y con su agua llenado las badinas en las que los lobos saciaban su sed cuando, el arrullo de sus aguas, invitaba ya al progreso de sus gentes y a la fabricación de espacios de vida singulares: Iglesias como catedrales, soberbias plazas llenas de arcos de luz, casas solariegas adornadas de guirnaldas y piedras señeras...
Era buena la tierra, buena la gente, apacibles los ganados en la soledad y la calma de los altos y frescos prados. Y del fruto de siglos de trabajo incesante de los hombres por aquí, por estos riscos atormentados, se hallaron más tarde, los grandes legajos que contenían las leyes perdidas y apenar sujetas al hilo liviano de un recuerdo etéreo (Fueros de Miravete). Apenas el río había nacido y con su agua llenado las badinas en las que los lobos saciaban su sed cuando, el arrullo de sus aguas, invitaba ya al progreso de sus gentes y a la fabricación de espacios de vida singulares: Iglesias como catedrales, soberbias plazas llenas de arcos de luz, casas solariegas adornadas de guirnaldas y piedras señeras...
Y la
luz del alto valle siguió bajando y endulzando las eras de los hombres y las noches de los lobos. Embadinó, luego, los labios de la tierra
reseca para que de ella brotaran los mejores frutos y, de entre los hombres, los mejores
humanistas jamás conocidos. Un día llegó
hasta el gran río madre feliz, por fin, a tributar y morir, a morir y tributar. Era ya un anciano de
barbas blancas y manos cansadas. Ya no era el río de los lobos y del aullido silente. Ahora, era senda
viva de un nueva era de progreso y
solidaridad entre los hombres. Una era de paz para los habitantes de aquel valle sembrado y regado de ricas y hermosas poblaciones.
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