DAROCA EN EL ORIGEN DE LA FIESTA DEL CORPUS Y DE LOS GIGANTES Y CABEZUDOS
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El Papa Urbano IV recibió en 1261 a una embajada de Daroca en Roma para informarle sobre el Milagro Eucarístico de los Sagrados Corporales (ocurrido en 1239 en Llutxent, Valencia), un encuentro que influyó directamente en su decisión de instituir la festividad universal del Corpus Christi. Durante la Reconquista, el sacerdote Mosén Mateo Martínez consagró unas formas que quedaron empapadas en sangre y adheridas a un corporal tras un ataque sorpresa en el castillo de Chío (Llutxent). Tras una disputa por la reliquia, una mula portadora de los corporales murió a las puertas de Daroca, convirtiendo a la ciudad en su custodia. Una delegación de Daroca viajó a Roma para presentar el suceso ante el Papa Urbano IV. Según la tradición, los enviados contaron con la ayuda y el testimonio de teólogos como Santo Tomás de Aquino y San Buenaventura para persuadir al pontífice. Conmovido por este testimonio —y posteriormente reforzado por el milagro eucarístico de Bolsena en Italia—, Urbano IV publicó en 1264 la bula Transiturus de hoc mundo, mediante la cual instauró oficialmente la fiesta del Corpus Christi para toda la Iglesia Católica, encomendando a Santo Tomás de Aquino la redacción de sus himnos y oficios.
El papa Benedicto XIII, universalmente conocido como el Papa Luna, tuvo una influencia decisiva en la solemnidad del Corpus Christi de Daroca a finales del siglo XIV y principios del XV. Su intervención elevó la festividad local y el culto a los Sagrados Corporales a su máximo esplendor litúrgico, dotándola de un enorme prestigio patrimonial e institucional para la Corona de Aragón.
Hacia el año 1395, el Papa Luna donó a la iglesia local una de las piezas textiles medievales más valiosas del mundo: la Capa de Daroca (también llamada Capa de Benedicto XIII). Esta fastuosa prenda pluvial de bordado inglés (opus anglicanum) muestra escenas del Génesis y se convirtió en el gran símbolo visual del Corpus Christi. Durante siglos, los priores de la ciudad la utilizaron única y exclusivamente para oficiar la solemnidad y encabezar la procesión, confiriéndole al ritual un prestigio material y estético inigualable.
En 1395, Benedicto XIII utilizó su autoridad pontificia para conceder a la Parroquia de Santa María el rango de Iglesia Colegial. Además, colocó al frente de la institución a Francisco Clemente, un clérigo de su absoluta confianza. Al reorganizar el arcedianato y dotarlo de mayores rentas e influencias civiles y eclesiásticas, garantizó los recursos financieros necesarios para organizar las procesiones del Corpus Christi con un despliegue masivo y majestuoso.
El Papa Luna vio en el Milagro Eucarístico de Daroca una sólida herramienta de legitimación espiritual y política durante el Cisma de Occidente. Mientras que frenó y devaluó otras devociones extranjeras —como la Sábana Santa en Francia—, respaldó de forma oficial y con los máximos honores el misterio darocense. Bajo su amparo institucional, la procesión del Corpus Christi dejó de ser una manifestación meramente comarcal para transformarse en un foco de atracción e imán de masas respaldado por la sede papal que reconocían los reyes de Aragón.
Gracias a su patrocinio, se impulsaron poco después las grandes reformas góticas de la colegiata, incluida la construcción de la majestuosa Capilla de los Corporales al inicio del siglo XV, donde hoy en día se sigue rindiendo culto a la reliquia
GIGANTES Y CABEZUDOS EN LA PROCESIÓN DEL CORPUS DE DAROCA
La participación de elementos profanos como la imaginería festiva en la procesión del Corpus Christi de Daroca —y del resto de Aragón— tiene sus raíces en la Baja Edad Media, consolidándose plenamente a partir del siglo XV.
Originalmente, la Iglesia incorporó estas colosales figuras en los desfiles del Corpus con un sentido pedagógico y moral. Los gigantes (que solían representar a reyes, nobles o continentes) simbolizaban la majestad y a los pueblos del mundo rindiéndose ante la Eucaristía. Por su parte, los cabezudos y el antiguo bestiario festivo (como dragones o la Tarasca) encarnaban los vicios humanos y las fuerzas del mal, que desfilaban andando hacia atrás o sumisos, abriendo paso al Santísimo como muestra de la victoria del bien.
La fisonomía de la procesión cambió drásticamente en el siglo XVIII. En 1780, el rey Carlos III promulgó una Real Cédula que prohibió taxativamente los gigantes, cabezudos y tarascas dentro de las procesiones religiosas, al considerar que estos elementos profanos provocaban desorden y restaban la solemnidad debida al culto. A raíz de esta ley, los muñecos de Daroca dejaron de mezclarse directamente de forma litúrgica con la custodia de los Sagrados Corporales y pasaron a la vertiente meramente civil y festiva, precediendo al desfile oficial o animando los días previos y posteriores.
Hoy en día, la Comparsa de Gigantes y Cabezudos sigue siendo uno de los pilares indispensables de las Fiestas del Corpus de Daroca. Aunque las figuras han sido renovadas con el paso de las generaciones, se mantiene viva la tradición de que salgan a la calle para marcar el inicio de los actos públicos, llenando de color y animación las murallas y las calles alfombradas de pétalos antes del paso solemne de la reliquia.











