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sábado, 17 de octubre de 2015

Octubre2015/Miscelánea. VIAJE A PIE DE ENCINACORBA A PANIZA

DE ENCINACORBA A PANIZA
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Como a su abuelo, también a él le seducía la soledad y el recogimiento. Gustaba, por ello, de los lugares apartados y de los espacios abiertos de una tierra, abandonada inopinadamente por sus gentes, para irse a vivir hacinados a la gran urbe. Simplón, el tercero de la saga, solía dejar la Inmortal cuando se producían grandes aglomeraciones de personal y ahora, para el Pilar, además de contar la población con más de la mitad de los habitantes del viejo reyno de Aragón acudían, como en rebaños, infinidad de gentes con la cabeza atada con un pañuelico a cuadros. Bajó en la estación de la villa y buscó inmediatamente como un sabueso, en el aire, el olor del otoño y la humedad ácida del membrillo. Tomó el camino que conduce a la población pensando visitar primero el caserío, así como el famoso castillo en ruinas y el hermosísimo templo gótico-mudéjar que acogía, entre otra joyas que allí encontraría, la talla inigualable de la Virgen del Mar que, según la leyenda, recogieron del mar los Sanjuanistas un día en que una tormenta enfebrecida, ahogó las naves y salvó a los comendadores.
En sus primeros pasos por los campos que rodeaban a la población comprendió que la elección de aquella visita había sido un acierto. Los muchos campos abandonados del cultivo, así como los brazales, las vaguadas y hasta el arroyo-río habían desarrollado una vegetación salvaje e impenetrable que ofrecía, sin embargo, la belleza de lo inmutable y la pureza de una naturaleza feliz.
Solía viajar, Simplón (de la saga de los simplones), ligero de equipaje. Apenas un atillo con lo más imprescindible, que era: una esterilla y una botella de agua. Dormía en los soportales de las ermitas, aun en pleno invierno, y se alimentaba de los frutos naturales, en esta época muy abundantes: arándanos, cerecicas de pastor, avellanas, almendras, nueces, uvas, hongos y una suerte inagotable de raíces que el conocía bien. En los ratos en los que dejaba descansar a unos ojos agotados por la magnificencia de los colores, ocres y amarillos del paisaje de aquel luminoso otoño, los tornaba hacia aquel libro de viajes que tanto gustaba leer y releer. Era un librito de Pío Baroja en edición de bolsillo que llevaba metido en el bolsillo trasero de sus pantalones vaqueros.  El valle estaba salpicado de pequeños huertos con su pozo de agua cada uno, ya que desde tiempos inmemoriales los cariñeneros (los carallanas) habían prohibido hacer azudes para desviar el agua de aquel arroyo-río, que sólo bajaba por su cauce, en determinados periodos del año. Tras la sentencia sobre el uso del agua pronunciada en la ermita de San Cristóbal, ahora justamente abandonada en ruinas por los zarceros en venganza por tal resolución allí leída, la afición a los pozos creció y se expandió como una plaga. Hoy día, la despoblación de un lugar en el que apenas vive un centenar de habitantes (asisten cuatro niños a la escuela), de los 1.200 habitantes que llegaron a poblarla en sus mejores tiempos, hace que muchos de estos pozos estén cegados y abandonados.
Tras pasar las escuelas y dejar a la izquierda el edificio de la vieja cooperativa vitivinícola (símbolo de la decadencia del lugar), giró a la derecha por la avenida de la Banda de Música para contemplar el ábside de la iglesia y comenzar el recorrido urbano por las ruinas del castillo Sanjuanista, antepecho de la iglesia.
No dejaba de asombrarle, al muchacho, los recios torreones de aquel castillo que en su apogeo debió gozar del beneplácito de los Sanjuanistas. Adosada a dicha fortaleza tenía, y aún tiene, a la iglesia de Nuestra Señora del Mar que es de estilo gótico con una sola nave.  La torre en su base muestra las trazas y restos de haber sido torreón del castillo, al igual que lo parece la estructura de la capilla de la Virgen del Rosario. Gustó de merodear por el interior del templo por contemplar, si acaso había, alguna joya del arte religioso. Y, desde luego, que quedó satisfecho. Admiró el San Francisco de Tristán, la talla gótica en alabastro de la Virgen del Mar y el retablo renacentista de la Virgen del Rosario a tribuido a Gabriel Yoli. Luego percibió, colgadas de una pared, un pequeño retablo con pinturas góticas procedentes de la ermita del Esconjuradero, una tabla con lacas chinas y un órgano traído en carro desde Daroca por obra y gracia de un cura zarcero que ejercía su ministerio en la Ciudad de los Corporales. En las sacristías, que ocupan toda la cabecera del templo, encontró otras cosas, también, dignas de mención. Le llamó poderosamente la atención un cuadro de un pintor de Ejea de los Caballeros que respondía al nombre de Vicente y se apellidaba Berdusán, la pieza es barroca, del siglo XVII, pero que se encuentra mal conservada. Al lado, un Cristo románico del siglo XII, bien restaurado y de incalculable valor. Otras tallas menores son de Santa Quiteria y San Roque.
En estas se entretenía el muchacho cuando oyó el tercer y último toque de campanas, anunciando la misa. Así que, aprovechó para escucharla y a su vez contemplar la capilla de la Virgen del Mar, en cuyo altar y sobre las antedichas lacas chinas se iba a celebrar la Santa Misa.
El cura, mosén Ernesto Valenzuela, era hombre de desgastada humanidad, andares torpes y verbo obtuso. Hecho al hábito de la rutina y a un público poco exigente, despachaba la misa como cosa rutinaria y sin importancia. La homilía la reducía a dar algunos avisos pertinentes a su ministerio y poco más. Tenía un latiguillo o frase hecha que repetía constantemente y que metía viniera o no a cuento, se trataba del consabido: “Ya digo”, que algunos monaguillos para distracción del tedio, osaban, algunos días, contar el número de veces que era repetida en el sermón.
Salió, Simplón, al aire puro de la mañana tras oír misa y comulgar con recogimiento cristiano en la capilla de la Virgen del Mar. Tomó el camino, con ánimo decidido, dejando a la espalda la Sierra de Algairén. Algairén, según dicen en el lugar, es topónimo árabe que puede traducirse por la Sierra de las Lagunas. Así parece y así debe ser puesto que todas las aguas que arrojan sus laderas por medio de riachuelos y barrancos, van a dar a un amplio valle endorreico donde hoy día existe un cuidado santuario bajo la advocación de la Virgen de Lagunas. La sierra, abundante en carrascas y pinos, fue en tiempos paraje por el que cazó Jerónimo Zurita cuando llegó hasta el pueblecito de Alpartir para escribir la historia de Fernando I el Católico, luego de dejar ventilado sus famosos Anales.
Frente al portal de la iglesia y, mirando al sur, vio un cerro con una ermita en su cima. La ermita que fue quemada por los franceses, tiene un campanil junto al lugar donde antes había una pequeña torre desde la que el ermitaño avisaba de los peligros, o si acaso las guerras o los bandoleros hacían prsencia en el valle del río Frasno atravesando el puerto del Alto de San Martín. También, se avisaba de la llegada de gentes inéditas y desaconstumebradas. La ermita llamada de Santa Cruz tiene todavía una campana que el visitante toca, nada más subir, en memoria de los tiempos pasados. A sus faldas se combinan las encinas y los pinos y luego, más abajo, cuando la montaña toma la forma de la solanas pardas, aparecen viñas, almendros, yermos y cereal.
Bajó con parsimonia las anchas escaleras de una plaza que si primero tuvo el sonoro nombre de La Constitución (en le trienio liberal 1820-23), ahora, lo tiene del fundador de la Banda de Música del lugar Don Luis Pérez del Corral. La Banda es la institución más querida y respetada entre sus habitantes y goza, además, de la fama de ser la más antigua de Aragón.
Giró, Simplón, a la izquierda por la calle de Lagasca hasta la plaza Alta o del maestro Isern sin  más cuidado de ir por el medio para evitar las aguas de unas canaleras, que caen siempre sobre la vía. Mas adelante y acabando la calle hubo en tiempo arco de entrada que tiró un camión al descargar guano y no bajar a tiempo la caja. El alcalde de entonces pensó que, mejor cumpliría, tirarla del todo y excusarse de estorbos. Así fue y, desde el arco en adelante, es carretera de Cariñena; que antes fue Camino Real y, mucho antes, Calzada o Vía  Romana que enlazaba la Inmortal con Laminium. De tal calzada se han encontrado restos de un miliario que conserva el viejo cartero (Lázaro), como oro en paño.
Recordó, Simplón, que en los corrillos del lugar, al carasol de la Espeñas, le habían contado que por aquí pasaba antes todo el tráfago de carretas y gentes que llegaba o salían de Zaragoza. El mismo Cervantes, que hasta Pedrola y Alcala de Ebro había acudido en una ocasión a buscar cartas  del duque de Villahermosa para ir a la guerra, hizo pasar al celebre Don Quijote y dormir en el Ventorrillo. De todo ello habían escritas algunas historias que dicen perdidas pero, al parecer, ciertas. Tampoco es menos cierto que Juan Antonio Pellicer jugara por estas peñas de zagal poco antes de irse a Alcalá de Henares a buscar y encontrar (esto si que es cierto) la partida de nacimiento de don Miguel.
Ya estaba a punto de abandonar la villa de Lagasca cuando topó con un peirón, acabadas la eras. Es de San Antonio Abad e indica que en el lugar había en tiempos hospital para acoger a viajeros y peregrinos del Santo Grial o de San Vicente Mártir. Pues, hasta 1918 todos pasaban por aquí y giraban por la ermita del humilladero para dejar, a la espalda, a la población. No en vano la villa perdido a favor de Paniza, la vía pedestre, para conseguir y ser compensada con un moderno ferrocarril. Esto sucedió en el año del señor de 1932, fecha memorable en la cual se terminó la construcción del llamado Caminreal que enlaza esta población turolense con Zaragoza y que acortaba el trayecto de Valencia a París. Desde entonces por este moderno medio de transporte se sacó la uva de regalo (Cribatinaja), el moscatel y la pajarilla que tanta fama cobró y de la que todavía hay memoria.
Siguió carretera adelante sin otra preocupación que contar cepas, observar los pájaros o entretenerse en seguir la línea de los emparrados. De como éstas vides formaban figuras geométricas perfectas alargándose a veces hasta alcanzar la línea del horizonte. Alzó la vista a su derecha y vio, sobre el monte de la Prisca, la blancura de un edificio que fue famoso restaurante de carretera antes de hacerse la autovía Mudéjar. Y más en lo alto, haciendo honor al nombre, el santuario de la Virgen del Águila ya en el término municipal de Paniza. Cruzó pronto el Puente de la Pala sobre el ferrocarril y  por la cruz de la cabaña se deslizó a la derecha. Bajó hasta la Tejera que era y es un pago, a ambas orillas del Frasno, rico y abundante en frutas. De ahí en adelante el camino sinuoso se entretiene entre viñedos cada vez más abundantes hasta formar un monocultivo total y singular. Paniza trabaja bien el vino y sus vecinos no dejan ni el más mínimo espacio para la ociosidad de la tierra blanca. Nada más atravesar la autovía por debajo de un puente llegamos a la carretera nacional, ahora solitaria, y a la cooperativa de vino de Paniza. Al otro lado está el pueblo, que es señorial, de muy buenas construcciones en ladrillo. Delante del arco de entrada hay un bar en el que es preciso parar a reponer fuerza y que te ofrece sabrosos aperitivos, lujosamente cocinados.
Inició luego, Simplón, el recorrido por este lugar. Y, de todo lo que vio y observó daremos cuenta en el próximo capítulo que continúa con las nuevas andanzas del nieto de Simplón.
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FOTOGRAFÍAS DE PANIZA