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sábado, 27 de junio de 2015

Junio2015/Miscelánea. UN PERIODO DE ILUSIÓN EN LA PROVINCIA DE TERUEL

UNA CRISIS TERRIBLE
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Es preciso decirlo para no pasar por estúpido. Si acaso fuera necesario hacer hincapié en el doloroso trance por el que “todos” estamos pasando, se hace...se cargan las tintas. La crisis ha llenado de miseria nuestras vidas. Dicho esto, complacido el respetuoso auditorio, denigrada la clase política y escarnecido el funcionariado, hago repaso.
 Estoy sentado en el cuarto donde  se ubica la cocina de mi casa (actual) y veo los muebles de cocina, los electrodomésticos, los alicatados, las puertas y ventanas. Repaso mentalmente comparando la cocina donde yo me crié de niño en Tortajada, apenas a diez kilómetros de Teruel. Repaso uno por uno y no encuentro el frigorífico, ni la lavadora, ni el friegaplatos, ni el horno, ni la “vitro”, ni la campana extractora… Nada de esto teníamos allá por los años 50/60 del siglo pasado apenas una cocinilla de las llamadas "económicas" y que tan famosas se hicieron. Ni radio y menos televisión. Tampoco teníamos luz, digo mal, sólo teníamos luz por la noche y escasa. Teníamos en toda la casa solamente una bombilla que, para que funcionara era preciso avisar al “lucero” (encargado de la luz) para que diera la corriente. La despensa era una bodega y los suelos de yeso, sin baldosas. No había, es cierto, que pagar alcantarillado, ni basuras. Delante de la casa se hacía una cemera o femera donde se arrojaban los desperdicios. Si eran orgánicos se los comían primero las gallina y los restos se envolvían con paja para su putrefacción. Si en la casa se abría una lata de sardinas o de atún, el recipiente servía para echar, luego, agua y de comer a los conejos y a las gallinas. La habitación mas visitada y atendida de la casa era la CORTE, es decir la zolle o gorrinera, donde habitaban y se engordaban los cerdos con forraje y desperdicios de comida. Nuestra primera palabra, en el vocabulario científico, era la rarísima expresión: omnívoro. La escuela era unitaria, con la enciclopedia Álvarez, un maestro mutilado de guerra y leche y queso de los americanos. A mi madre, que por esas fechas criaba a mi hermano menor, la maestra tenía la atención de llevarle un poco de aquella leche aguachinada. Para el transporte teníamos el coche de San Fernando, un ratito a pie y otro andando. Tras la escuela debíamos ayudar en las tareas de la casa y del campo. Bajar a por agua al río Alfambra, ir a por paja a la era, acercarnos a la huerta a por alfalfe y otros forrajes para los animales…. Con  la llegada de la primavera buscábamos con avidez los primeros árboles frutales. Las peras sanjuaneras, luego… manzanas de verde doncella, reinetas… las comíamos siempre verdes. El hambre no tenía piedad con los procesos de maduración. Bien entrado el verano, la alimentación mejoraba gracias a las “galimas” aunque algunas de ellas nos salieran caras por las palizas que luego llevábamos (digo paliza y no exagero), pero todo se daba por bueno si llenabas la andorga. Así que los chicos de mi generación pasamos de la leche materna, a la leche americana y luego a la leche de pepino. Las ropas más parecían andrajos que vestidos propiamente dichos. Como el único recuerdo fotográfico que tenemos es el de la Primera Comunión, da la impresión de que éramos niños pijos.  
Hace pocos meses vi en el hospital sedar a un enfermo, se trataba de hacerle respirar su propio anhídrido carbónico. Nosotros, de niños, nos acostábamos en aquellas heladoras habitaciones (ningún tipo de calefacción) con apenas una sábana, un amanta y una colcha. Nos colocábamos en la cama en posición fetal y nos tapábamos completamente de forma que en el interior se hacía una pequeña cámara de aire que tratábamos de calentar con nuestro propio aliento. Hubiéramos muerto intoxicados a no ser porque el propio instinto nos hacía renovar el aire de vez encunado.
Aprendíamos pronto a hacer trampas y lazos para cazar conejos y en verano pescábamos en el río, truchas, barbos y cangrejos. Si la tronada hacía salir los barrancos íbamos a recoger chatarra de guerra. El otoño era una estación bendita por la cantidad de frutos que se recogían. Del verano recuerdo los baños en el río y los aciagos días de siega, acarreo y trilla. Los padres ponían  pronto a trabajar a los hijos. Yo tuve suerte, pues mi madre nos hizo estudiar a todos (seis hijos). Estudiamos sin becas, sin comedor, sin transporte y casi sin libros. Pero había una cosa más importante que todo eso, eran las ganas de salir de la miseria. Recuerdo que mi madre me aleccionaba: Hijo, estudia, luego tendrás con que comer y con que vestir. Refuerza mi aserto, para que no se vea que exagero, un comentario de Labordeta respecto a los jóvenes turolenses que iban al Ibáñez Martín a estudiar. Decía que él había tenido en Teruel los alumnos más aplicados que pudieran darse jamás. Era verdad, eran las cornadas del hambre.
Seguramente, estas circunstancias marcaron mi vida y mi forma de actuar profesionalmente hablando. Por eso fue una constante mientras trabaje el que sólo pidiera a mis alumnos como material de clase: lápiz, goma, sacapuntas y una libreta. Todo ello, junto a la ilusión por aprender, ha sido suficiente para mis alumnos.
Para ser sinceros, yo no he padecido especialmente la última crisis. Yo he sido funcionario. Pero nuestra generación ha sido la más ahorradora de España y siempre salía Teruel en el ranquin de las provincias que porcentualmente más ahorraba. Ahora, esa percepción  que nos hacía sentirnos precavidos en el gasto y escrupulosos en el ahorro, al saber que habitábamos una tierra pobre, se ha perdido. Las nuevas generaciones creen que el dinero sale de una cajita mágica situada en las esquinas de las calles.
Las personas cuya fotografía pongo a continuación, todas ellas son hijas de esta tierra y todas ellas han sentido el deseo y el impulso de la mejora personal y colectiva de nuestra provincia. Algunas de ellas, especialmente Raúl Carlos Maícas y Gonzalo Borrás, por su constancia, tenacidad y generosidad son dignas de ensalzar. Gentes todas con un proyecto, PERSONAL Y SOCIAL. Borrás ha llevado el Mudéjar a sus más altas cotas, todo el Mudéjar aragonés es Patrimonio de la Humanidad. Raúl ha manejado el timón de la revista Turia, una publicación que es referente nacional en la difusión y crítica literaria. Mucha gente, cuando lee Turia piensa que está editada en Valencia, no comprenden que un trabajo así pueda hacerse desde una pequeña y marginada provincia.
Ahora el lema es: NO VENIMOS A POR LAS MIGAJAS, QUEREMOS TODO EL BOCADILLO. ¡Que dios nos pille con algún dinero ahorrado... y confesaos!
Isidoro Esteban en la Diputación de Teruel
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Ángel Gracia unido a la señorial villa de Rubielos de Mora.
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Gonzalo Borrás, el mudéjar aragonés.
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Raúl Carlos Maícas y la revista Turia.
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Gonzalo nos pasó a leer en "cartilla".
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