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viernes, 5 de junio de 2015

Junio2015/Miscelánea. EXPOSICIÓN DE INDUMENTARIA TAURINA

LOS TOROS
Convertir la muerte de un animal en un espectáculo público tiene sus reparos éticos.
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Pocas cosas hay tan genuinamente españolas como las corridas de toros. Y, naturalmente, pocas cosas conservan una esencia tan atávica como la llamada Fiesta de los Toros. El alma de un españolito se parte ante esta disyuntiva: TOROS SÍ o TOROS NO. Lo cierto es que la decantación es clara, por mero sentido común, por racionalidad, por la dignidad de las personas y de los animales, la respuesta es contundente: TOROS NO.  Sin embargo, la matización favorable a mantener el statu quo contiene  una panoplia de argumentos de peso. La historia nos dice que los toros han sido el centro de la fiesta en toda España, Portugal y áreas de influencia como el sur de Francia. Que la actividad taurina ha generado un modelo de ganadería y ligado a ella una interesante actividad económica. Que en el arte de la tauromaquia se han inspirado a artistas que van desde Picasso a la mismísima cantante Madonna. Por ello, suprimir ¡de golpe! La Fiesta de los Toros en sus diversas modalidades es muy problemático. Dándose la paradoja en Cataluña, donde sí que se han prohibido las corridas, que los festejos populares que muchas  veces conllevan un más prolongado y dramático sufrimiento para el animal, no se hayan prohibido. Aquí de nuevo el pueblo es soberano y el legislador (catalán en este caso) no se atreve a legislar contra la voluntad popular. La Fiesta de los Toros tiene, pues, sus detractores y sus defensores. Actualmente, hay asociaciones antitaurinas que proponen que se legisle contra La Fiesta Nacional. De esta forma, hemos dado un paso crítico al convertir la opción sobre la celebración taurina en un asunto político. Mal nos parece a nosotros las prohibiciones por decreto. Más partidarios somos de llevar al convencimiento de los defensores, que se haga una transformación progresiva de la fiesta, matizando sus rasgos más violentos y llegar, si ha de llegar su desaparición, por la razón y no por la fuerza de los votos. Mejor convencer… que vencer.
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