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jueves, 19 de febrero de 2015

Febrero2015/Miscelánea. SUEÑOS DE INVIERNO

LA RESURRECCIÓN DE LÁZARO
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(A la memoria de Rufino Escuder Zaera, natural de Orrios y fallecido en Cataluña. Alma pura y espíritu indomable, descanse en paz.)
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Apenas levantaba los pies del suelo. Su caminar almohadillado se semejaba más al de una babosa que al de un humano. Con suma lentitud bajaba por la calle de la Cuesta torcía a la derecha y, luego, girando por debajo el arco de la villa llegaba al río. De vez en cuando paraba para encender el cigarrillo o para meditar en voz alta. Las calles solitarias hacían preciso eco de sus palabras. Al cruzártelo, en plena calle, emitía un sonido ininteligible suave y rutinario. Parecía decir, te veo y te siento… se quien eres. No eran precisas más explicaciones, pues, todo se sobreentendía y cada uno iba  a sus tareas diarias con desapasionada cotidianeidad. La vida así, cómoda y pausada, fija y predeterminada, era como los raíles de un tren, te permitían despojarte de preocupaciones y entregarte a sueños fantásticos, mágicos y apasionados. Tenía el huerto ubicado junto al río-arroyo Frasno, detrás de los pozos de toma de agua corriente para las casas. Había logrado hacer de este espacio singular un micromundo. Las zarzas y la maleza, junto a un nutrido conjunto de objetos diversos que iban desde cabeceros de cama hasta somieres, le permitieron perimetrar este espacio personal e intimo. Ahora, en invierno, la tierra descansaba y solamente cardos, coles, berzas y escarolas ocupaban un mínimo espacio del área cultivable. Es verdad que a medida que sus fuerzas iban disminuyendo, año a año, de forma intuitiva, iba reduciendo el espacio cultivado. De momento pasaba algunas tardes al carasol y meditando sobre la próxima ubicación de cada tabla de cultivo. Para Santa Cruz (3 de mayo) sería el momento de bajar a comprar plantero. Empezaría a plantar el cebollino y las ensaladas en aquella esquina más fresca y así evitaría que éstas espigaran pronto. Las patatas se podían sembrara nada más pasar San José y, con las tomateras, no cabía correr pues éstas son muy sensibles a las heladas. Aunque los inviernos ahora eran muy benignos, solía venir alguna helada tardía que obligaba a replantar y con ello a retrasar la cosecha. Si se llegaba a mediados de septiembre sin que los tomates hubieran madurado, se hacía difícil luego conseguirlo. Uno de estos días, cuando el tempero estuviese óptimo, labraría el pedazo de tierra y lo dejaría oxigenarse hasta la primavera. Aunque suele decirse que los huertos tienen “miedo”, pues hay siempre alguna tarea pendiente, ahora en invierno, éstas se reducían a limpieza de brazales y a la ordenación de aquel caótico perímetro que acogía todas sus expectativas y acunaba todos sus sueños. Como un funambulista, seguro sobre el cable por el que se desliza, él caminaba por su tabla hortícola dejando vagar su imaginación y sus sueños hasta los años de su más tierna infancia.
Recostado sobre los costales de cañas apiladas, que luego utilizaría para que subieran las judías verdes, encendió un cigarrillo y absorbió el humo con inusitado deleite. Sujetaba el cigarro con la comisura de los labios, tumbado al carasol del medio día. Dulcemente abrazado por el calorcillo que empapaba todo su cuerpo se quedó sondormido mientras la imaginación volaba hacia los días de su infancia. La primera vez que abandonó la villa fue para ir a estudiar al seminario de Alcorisa. Allí hizo sus mejores amigos, aquellos que recordaría toda la vida y que a menudo nombraba. De sus charlas con Gonzalo Borrás nació su gusto por el arte y la literatura. También, de Alcorisa, es su inusitado afán por la historia y por escudriñar entre legajos la vida de las gentes, la genealogía le ha apasionado siempre. Después de pasar una temporada en Barcelona y tras una penosa enfermedad entró a trabajar de cartero en el lugar. Un trabajo que, si para otros era rutinario y aburrido, para él era apasionante. Cada carta era un sueño encendido que volaba sobre los paisajes del somontano ibérico, que atravesaba la alta sierra de Algairén llevando y trayendo misteriosos mensajes inescrutables y que él,  como un nuevo Hermes, traía y llevaba  a las vidas de las gentes sencillas. Sabia ser mensajero de nuevas esperanzas de esta forma tan simple y misteriosa.
Dio otra calada en el cigarrillo y se vio entre vides, entre pámpanos verdes y vigorosos, entre racimos dorados de uva negra. Se cerraron sus párpados para recordar el día aciago en que la sierra ardió y su impotencia por no poder ayudar a apagar ese fuego que le quemaba las entrañas. Soñó con que la villa crecía y sus casas se habitaban, pero, para cuando dejó la cartería la pérdida poblacional ya era importante y sus consecuencias irremediables. A veces gustaba, en sueños, volar sobre el término municipal y señalar determinadas viñas, sus variedades de cultivo y el nombre de su propietario. Seguir con la vista la línea férrea y ocultarse en los túneles. Volar hasta los 1.000 metros de la Atalaya para volver sobre sus alas hasta el puerto de Encinacorba. Desde lo alto de la sierra se divisaba la población como una mancha extraña en el paisaje. El atractivo imán de esa aguja de la torre de la iglesia, cuya colocación defendió su amigo Borras y que tan poco gustó de momento, señalaba el epicentro de un mundo nacido allá, en la más remota Edad Media. También había recogido un miliario romano y sabía de alabastros y lacas chinas. No sabemos si su fe es firme o desapasionada pero, entre sus amores terrenales, sólo encontramos a la Virgen del Mar. Vagó su alma por calles y callejones, repasó los buzones desde los que se emiten y reciben los sueños. Y así, por el valle del Frasno, por yermos y barranqueras quedó perdida su alma y su cuerpo profundamente dormido. El cigarrillo iba consumiéndose y progresivamente alcanzando la comisura de sus labios. De repente sintió un golpe seco en los pies y una quemazón en los labios. Una voz blanda profunda y senil le llamó: ¡Lázaro, Lázaro, levántate! Se despertó y se levantó girando como una peonza. Abrió los ojos y no vio nada. Una espesa nube de humo blanco le envolvía matando, de repente, la claridad de sus más nítidos sueños. Asustado por la obnubilación se atrevió a musitar, preso del más terrible de los temores y recordando sus enseñanzas del seminario de Alcorisa: ¡Señor, aquí me tienes, soy Enrique, tu siervo de Encinacorba! ¡Hágase en mí según tu palabra!
¡Chico, despierta! Le dijo el Blanquillo que acababa de entrar en el huerto alarmado por el fuego que quemaba el brazal y que se estaba aproximando peligrosamente al cuerpo de Lázaro. Al ver al hortelano completamente desorientado, lo cogió del brazo y lo sacó de la nube de humo que lo envolvía y que, sin duda, lo habría asfixiado. Recuperado del trance, Enrique comenzó a sentirse de nuevo vivo y feliz de no haber abandonado este mundo.
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