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martes, 8 de diciembre de 2020

Diciembre2020/Miscelánea. EL PAÑUELO DE SAN VICENTE FERRER EN MORA DE RUBIELOS (LEYENDA)

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A San Vicente Ferrer, intimo colaborador del Papa Luna y muñidores del Compromiso de Caspe, (con fama de santidad en vida) se le atribuyen numerosísimas historias,  leyendas y milagros. Gran predicador, viajaba sin cesar y, se cuenta, que allí donde llegaba pedía le prepararan un catafalco en la plaza pública y que le reunieran delante a los moros y a los judíos de la localidad. Tras la prédica, ni moros ni judíos abandonaban su fe, con gran disgusto del dominico que, finalmente salía de la población y al hacerlo sacudía sus alpargatas, disgustando y señalando que no quería llevarse de ese lugar, ni el polvo de sus suelas.

En esta ocasión, la leyenda que nos trae Agustín Ubieto es diferente y más original. A nosotros nos ha parecido bien el contarla aquí.

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Leyendas para una historia paralela del Aragón medieval Institución «Fernando el Católico» (CSIC) Excma. Diputación de Zaragoza Zaragoza, 2010 Agustín Ubieto Arteta.

280. VICENTE FERRER, PREDICADOR EN MORA DE RUBIELOS

(SIGLO XV. MORA DE RUBIELOS)

Todo el mundo sabe en Mora de Rubielos y su comarca cómo, a comienzos del siglo XV, el famoso dominico valenciano —cuya opinión tanto pesara en la solución dada en Caspe tras la muerte de Martín el Humano—, visitó la villa, en la que fue recibido con enormes muestras de entusiasmo y alegría por todo el vecindario. Aunque todos querían tenerle en su casa, se decidió al final alojarlo en la mejor posada de la localidad, una hermosa mansión gótica, de la misma factura que el templo parroquial.

Aunque sólo se encontraba de paso, ante la solicitud de los vecinos—que deseaban escuchar la palabra elocuente y sabia de quien ya era considerado como un verdadero santo en vida— accedió Vicente Ferrer a complacerles y, desde una de las ventanas de la posada, convertida en improvisado púlpito, se dirigió a todos en una encendida y fervorosa plática que jamás podrían olvidar.

En medio de su arrebatado discurso, a consecuencia de la constante agitación de sus brazos, cayó a la calle el pañuelo que el orador llevaba en la mano. Al advertirlo la gente, se precipitó a cogerlo, pero no con intención de devolvérselo a su dueño, sino para conservarlo como recuerdo y testimonio de tan importante visita y visitante.

Dado el tropel de oyentes, pues la calle estaba totalmente abarrotada,

no se supo quién o quiénes lo habían cogido y guardado, mas transcurridos algunos días, y una vez que el predicador valenciano había abandonado Mora, apareció el pañuelo depositado al pie del altar mayor de la iglesia colegiata, sin saber quién lo había dejado.

Comunicó el sacerdote el hecho a sus feligreses y acordaron custodiarlo en una arqueta construida al efecto, cerrada con tres llaves, como era costumbre en aquella época guardar los auténticos tesoros, y el pañuelo de un hombre considerado como santo, sin duda lo era.

[Recogida oralmente.]

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