LAS ANGUILAS DE ALCAÑIZ Y EL QUESO DE TRONCHÓN
*
El X Conde de Aranda (Pedro Pablo Abarca de Bolea) residió de forma prolongada en la capital francesa al desempeñarse como embajador de España en París entre 1773 y 1787. Durante ese periodo fue célebre por costear de su propio bolsillo fastuosos banquetes y recepciones diplomáticas para mantener el prestigio de la corona española, incluyendo discretos e históricos encuentros políticos a finales de 1776 con los comisionados de la Revolución Estadounidense.
La famosa anécdota de las anguilas de Alcañiz y el queso de Tronchón es uno de los episodios más célebres del Conde de Aranda durante su etapa como embajador en París. Retrata a la perfección su orgullo aragonés y su astucia diplomática frente a la sofisticada corte francesa del siglo XVIII.
Durante una cena de gala en el Palacio de Versalles, la reina de Francia, María Antonieta, elogió efusivamente la calidad de los quesos y los pescados franceses que se servían a la mesa. Con una sonrisa maliciosa, se dirigió al prócer aragonés y le espetó: "Apuesto, conde, que no os gustan el queso y las anguilas o creéis que éstas y aquel son inferiores a los de vuestro país".
El Conde de Aranda, picado en su orgullo pero manteniendo la más estricta cortesía palaciega, le respondió con respeto: "Señora, si Vuestra Majestad se digna darme su real permiso, dentro de pocos días tendré la honra de ofrecer a los pies de V.M. anguilas de Alcañiz y queso de Tronchón, y V.M. misma decidirá".
Para cumplir su promesa, el conde organizó un despliegue logístico sin precedentes para la época. Mandó emisarios urgentes a Aragón con la orden de pescar las mejores anguilas vivas en La Estanca de Alcañiz y conseguir los mejores quesos de oveja en la vecina localidad de Tronchón (Teruel).
El verdadero reto era el transporte: las anguilas debían cruzar media España y toda Francia de norte a sur a lomos de caballerías veloces, en relevos continuos de postas, custodiadas en toneles con agua que se cambiaba constantemente para que llegaran completamente vivas y frescas a las cocinas reales.
A los pocos días, los productos llegaron intactos a París. El Conde de Aranda ofreció un gran banquete en honor a la reina y la corte francesa. Al probar la excelsa textura de las anguilas bajoaragonesas y el potente sabor del queso de Tronchón (el mismo que ya había alabado Miguel de Cervantes en El Quijote), la propia María Antonieta tuvo que rendirse ante la evidencia y admitir públicamente la superioridad o, al menos, la increíble categoría de los manjares que Aranda había hecho traer desde los confines de Aragón.
Esta anécdota no solo sirvió para demostrar el orgullo patrio del conde, sino que se convirtió en una magnífica maniobra diplomática que elevó el prestigio de los productos y la intendencia del Reino de España en la corte más influyente de Europa.