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miércoles, 15 de enero de 2020

Enero2020/Miscelánea. MAGNÍFICO CARIÑENA

MAGNÍFICO CARIÑENA
Por Chusé María Cebrián Muñoz
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Corría el 21 de septiembre del año del Señor de 1585 entre los pámpanos y las doradas uvas otoñales del Campo de Cariñena. Esa mañana, como siempre, cantó el gallo y Andrés se tiró como un rayo del camastro en el que apenas había pegado ojo en toda la noche. Bajó a la cuadra y ordeñó a la cabra. Para cuando su padre quiso levantarse, él ya había calentado la leche, aparejado el macho y uncido éste al carro. Por delante tenían una dura jornada de trabajo cuyo horario marcaría el astro Sol. Sabía que su padre había apalabrado ese año las uvas de la viña de las Planas del Rey con el alcaide de Cariñena. Esa viña era de realengo, por eso su padre pagaba tributo, pero ese año se emplearía toda la viña en agasajar al rey pues raro era el año que sus oficiales llegaban hasta Cariñena a cobrar lo estipulado. Había pensado el alcaide de Cariñena que, mientras el rey permaneciera en la villa, la fuente de la Plaza Mayor manaría vino de forma constante. Para finales de otoño, ya fermentado el vino, se esperaba la visita del más grande soberano del mundo en su tiempo. Se trataba del rey Felipe I de Aragón (II de Castilla) de paso hacia Zaragoza. Andrés pasó todo el día cortando uva con su fascino, llenando los canastos de mimbre y depositándolos en los cuévanos que traía el carro. Apenas descansaron para comer y siguieron con su frenético trabajo hasta llenar los depósitos. Por la tarde noche ya con viento otoñal y olor a mosto en el cuerpo, descargaron la uva en el trujal y la pisaron para que no se oxidara. Cinco días de trabajo les ocupó preparar el mosto y ponerlo a fermentar. Por aquellos mismos días el rey “prudente” estaba en el Escorial preparando viaje a Aragón, un reino que heredó de su abuelo Fernando II el Católico y que tantos problemas le estaba ocasionando a consecuencia de sus Fueros y de las conspiraciones palaciegas de su primer ministro Antonio Pérez. Al rey le gustaba viajar con la otoñada, pues el clima era más amable y a su paso todas las gentes de los lugares salían a agasajarle y a ofrecerle los frutos de la cosecha recién cogida. Eligió la ruta más segura para llegar a Zaragoza. Primero entraría en Aragón atravesando las Parameras de Molina, donde el peligro a los bandidos y asaltadores de caminos era menor y, finalmente, coronaría el puerto del Alto de San Martín para adentrarse en el valle del Ebro. Una vez pasado el puerto, percibió el rey “prudente” la belleza del valle que se extendía a sus pies. Los colores otoñales habían pintado el paisaje con mil matices y el olor a frutos silvestres estimuló y acarició sus sentidos. Hizo un descanso en Encinacorba y oró ante el Cristo del Esconjuradero, una talla románica hecha por inspiración Divina y por manos desconocidas. Besó después la talla de la Virgen del Mar traída por los caballeros Sanjuanistas desde Rodas. Prefirió el rey “prudente” pasar la noche en Encinacorba, población que le ofrecía más seguro abrigo, tanto a él como al numeroso cortejo que le acompañaba, bajo el majestuoso castillo que corona la villa. Al día siguiente reanudó marcha la pesada comitiva. Paró la carroza real delante de la fuente de Cariñena. Echó el rey “prudente” pie a tierra y observó atónito que de los caños de la fuente surgía un líquido rojo y espumoso. Asombrado, se preguntó si no estaría en el País de Jauja. ¿Cómo era posible si no aquel prodigio? Pidió probar aquel dulce y oloroso líquido con sus labios y que su paladar le afirmase que no era un sueño lo que estaba viviendo. Ante la sorpresa del deseo real, todos se miraron sin saber qué hacer. De pronto, acercó el padre de Andrés el porrón al caño de la fuente y lo llenó de vino. Después dio el porrón al niño, quien a su vez se lo ofreció humilde al rey. Tomó un trago el rey del delicioso líquido y devolviéndole el recipiente al niño, que aún permanecía arrodillado, dijo: “Magnífico Cariñena”. Sí majestad, respondió el niño, pero las uvas eran de Encinacorba.
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