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lunes, 27 de noviembre de 2017

Noviembre2017/MIscelánea. AVELINO HERNÁNDEZ LUCAS Y LA DESPOBLACIÓN DE LA ESPAÑA INTERIOR

UN MUNDO QUE SE PIERDE
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Conocí a Avelino Hernández Lucas gracias a una sobrina suya que trabajaba en Teruel. Ella me entregó algunos de sus libros. Pronto comprobé que este joven revolucionario (dirigente de la ORT) había tomado conciencia de los cambios que se estaban dando en España en las postrimerías del franquismo. Su pasión por el mundo rural, no es solamente una añoranza, es una posición ideológica clara en defensa de una sociedad y de una naturaleza más humanizada. Pero el mundo y, con él, el “pensamiento” de los hombres progresa cada día a mayor velocidad. Avelino analiza el problema de la España interior y ello tiene algo o mucho que ver, también, con Aragón, no en vano Avelino nace al otro lado del Moncayo.
El relato que aquí traemos es paradójico. La Matanza del Cerdo es ya un relato antropológico que solamente tiene algo que ver con nuestra cultura más ancestral. En los partidos políticos, más de izquierdosos y radicales, como en los que militaba Avelino, se oponen hoy con total radicalidad a la matanza del cerdo en áreas rurales. Han nacido para quedarse estos grupos y asociaciones que se denominan de “Defensa Animal”. Pero la paradoja a la que aludíamos está en que ahora se sacrifican más cerdos que en la época de Avelino. Es decir, la hipocresía radica en acomodar la conciencia a una realidad ficticia: “como no lo veo no lo siento”. Lo mismo sucede con la muerte, vamos a los tanatorios pero no le queremos ver la cara al difunto.

Avelino puede tener hoy día alguna vigencia en este empeño repoblador que estamos atizando. Pues él, fue un pionero, un pionero convencido y militante hasta sus últimos días. Un gran soriano.
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EL DÍA DE LA MATANZA
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Abuelo, pero mi amigo sí que sabe cosas de éstas, no se vaya a creer.
De verdad. Mire usted, una vez vi en la tele la  matanza del cerdo en un pueblo de Catalunya. Para que vea.
Hijo, a los cerdos en Valdegeña se les llama cochinos si son blancos, y guarros si son negros, rara vez puercos y casi nunca marranos.
Todas las familias compran uno o dos pequeños. Durante el año lo engordan bien con desperdicios de comidas y patatas y berzas cocidas y más cosas. Cuando va a empezar el invierno ya son grandes y los matan. Y hacen chorizos y tocino y jamones y morcillas…
A matar los cochinos le llaman hacer la matanza. Veréis cómo se hacía.
Unos días antes iba el hombre y cortaba en el monte unas matas que se llamaban aliagas y las traía a casa. La mujer compraba en Soria canela, anís, pimentón, nuez moscada, pimienta… Un día antes ya no se le echaba de comer al cochino.
El día de la matanza por la mañana se juntaban muchos hombres y mujeres de la misma familia. Los hombres ponían al cochino en una como mesa de madera muy gorda y allí lo agarraban fuerte entre todos y lo mataban clavándole un cuchillo en la garganta hasta que echaba toda la sangre. El cochino chillaba mucho, y luego menos, y luego menos, hasta que se moría.
Entonces le pasaban por el cuerpo las aliagas que trajo el hombre del monte, ardiendo, para quemarle los pelos. Y con una piedra áspera y agua caliente le iban arrancando la piel. Y lo limpiaban por dentro. Y lo partían en trozos. Y a los trozos les echaban sal para que se conservaran. Y los guardaban en unos cajones grandes de madera. Otros trozos los picaban y hacían chorizos con ellos.
La sangre del cochino, la recogían en unos cacharros y le echaban migas de pan y arroz y pasas y piñones; y con todo junto hacían las morcillas. Para que estuvieran buenas  las morcillas había que cocerlas en unas calderas grandes de zinc en la lumbre. El caldo que salía de cocerlas era muy bueno. Y era costumbre que cada casa repartiera el caldo de las morcillas en unos pucheros de barro a sus familiares y amigos.
El día de la matanza era día de fiesta. Se juntaban todos los familiares a comer juntos. Y mientras los hombres arreglaban el cochino y las mujeres hacían chorizos y morcillas, los chicos jugaban por toda la casa. Y después de comer el abuelo les ponía un din-don  -que es un columpio- con una cuerda y una almohada para sentarse.

Y yo no iba a la escuela ese día. (Avelino Hernández)
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Edición año 1982
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Edición año 1986
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AVELINO HERNÁNDEZ LUCAS
(Biografía tomada de Internet)
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Nació en septiembre de 1944 en Valdegeña, Soria al pie del Moncayo entonces un pequeño pueblo de 300 habitantes dedicado a la agricultura. De su infancia, vivida íntegra en el ambiente de pueblo rural, evocó Avelino alguno de los valores que posteriormente le sirvieron para cimentar sus opciones en la existencia: El vínculo, inseparable e íntimo, entre vida humana y naturaleza,relación casi personalizada en su obra. La sensación de libertad, interiorizada de forma tan connatural al hombre como la aspiración del aire al respirar. El sentido de igualdad "nadie es más que otro si no ha hecho más que otro", es una de las citas preferidas de Avelino. Y la solidaridad, aprendida en la calle, simplemente viviendo, creyendo que ayudar a los otros es un juego más. Algunos títulos que aportó el autor a la narrativa infantil reflejan no sólo la vivencia feliz de esta faceta personal de "niño de pueblo" sino este entretejido de su sistema de valores: Una vez había un pueblo, Silvestrito, El Valle del Infierno...
El período formativo de Avelino Hernández le lleva fuera de su provincia, trenzando un circuito que incluye Miranda de Ebro (bachillerato superior), El Escorial (Filosofía y Letras y Humanidades), Universidad de Sevilla (donde no concluye dos cursos de árabe) y Universidad Complutense de Madrid (donde no concluye dos cursos de Derecho). El motivo de estos proyectos inconclusos de carreras académicas formales es la intensa implicación del autor en estos momentos en la causa de la lucha contra la dictadura de Franco y su régimen, evolucionando desde iniciales planteamientos de compromiso cristiano. Implicación que le lleva a ser detenido y encarcelado por la tristemente célebre Brigada Político Social y procesado –con tres años de petición fiscal– por el no menos tristemente célebre Tribunal de Orden Público (1970). Todo lo cual determinó el paso de Avelino a la más absoluta clandestinidad de su lucha política –como dirigente de la Organización Revolucionaria de Trabajadores– vivida en Madrid, Andalucía, Catalunya y Extremadura. (De este momento data el encuentro del autor con Teresa Ordinas, su compañera a lo largo de 32 años). Cabe destacar la intensa dedicación personal del autor, en todo tiempo, al estudio de las cuestiones de su máximo interés intelectual: el pensamiento y la literatura clásicos grecolatinos, la historia del arte universal y el pensamiento contemporáneo.
Durante el período conocido como de transición a la democracia y en la posterior consolidación de ésta, Avelino se implica en la construcción democrática desde su aportación técnica a la administración y la gestión de la cultura. En niveles locales (Director de Actividades Culturales del Ayuntamiento de Aranjuez. 1981), autonómicos (Secretario General de la Consejería de Educación y Cultura. Junta de Castilla y León. 1983), y estatales (Ministerio de Cultura y Universidad Rural Europea. 1986). Es en este período, lograda la democracia, cuando comienza su labor literaria, anteriormente pospuesta a la intervención política. (Su primera publicación data de 1981.) Igualmente en este momento inicia y desarrolla Avelino una de sus más grandes pasiones: viajar (algunas de sus obras Donde la vieja Castilla se acaba, La historia de San Kildán y El día en que lloró Walt Whitman han surgido de esos viajes. Con posterioridad a 1990 pasa a trabajar en la iniciativa privada como consultor en gestión cultural y promoción sociocultural. Hasta que en 1996 introduce un giro profundo a su quehacer profesional y a su existencia misma: abandonó Madrid y se instaló en la isla de Mallorca en pos de un modelo de vida sosegado y alternativo al frenético que –en su apreciación– el sistema impone.

Vivió sus últimos años en Selva (Mallorca), un municipio de fuerte personalidad insular, en las raíces de la hermosa Sierra de la Tramuntana. En un contexto cultural –mediterráneo– abiertamente opuesto al castellano de sus raíces; en estrecha unión con el mar, donde mantiene un viejo llaüt de pesca; vinculado a los quehaceres tradicionales del ciclo anual en la cultura popular; en conexión con el ambiente cultural y artístico altamente cosmopolita de la isla; comprometido con los movimientos sociales que se oponen al rumbo que el dinero y su imperio están imprimiendo al mundo. En este contexto, libremente escogido y cuidadosamente creado, de existencia sosegada y horaciana, Avelino Hernández trabajó rigurosamente y ahondó la construcción de su mundo artístico propio y la producción literaria que lo plasma. Con sistemática regularidad entregaba "a quienes conmigo van" los sucesivos frutos de este trabajo, periférico siempre a los vericuetos del mercado y al margen de los entresijos de la república de las letras.
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