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viernes, 10 de abril de 2026

Abril2026/Miscelánea. ¿QUIÉNES SOMOS LOS TUROLENSES?

ET DAQUEL TORO TOMARON SEÑAL I PARA ESTO

FACEN EN LA SEÑAL TORO I ESTRELLA

LIBRO VERDE

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(El presente artículo tiene carácter especulativo y en ningún caso deben tomarse los hechos y las citas como principios inamovibles)

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Por Chusé María Cebrián Muñoz

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La expansión de nuestra especie, el Homo sapiens, fue un proceso gradual que comenzó hace aproximadamente 300.000 años en África. Desde allí, pequeños grupos de humanos modernos colonizaron el mundo en oleadas sucesivas. El impulso de viajar debió de estar motivado por los cambios climáticos, pero sobre todo, siguiendo las migraciones de los animales. Seguir las migraciones de los animales les evitaba el frío y las sequías, además, les proporcionaba alimento seguro. Todavía perviven migraciones de vertebrados en África, sin embargo, en el resto del mundo solamente quedan las migraciones de las aves. Más tarde cuando el hombre domestica a los animales esta práctica se convierte en trashumancia. Al final de un periodo climático el hombre recogía a los animales (encierro) y los conducía a las zonas tradicionales de pastoreo de invierno o de lluvias. La Sierra de Albarracín y el Maestrazgo conservan (cada día menos) la costumbre de trashumar. Quizás, la trashumancia, sea una de los hechos culturales más antiguos que poseamos los turolense. Los “Bous al Carrer”, las “Vaquillas”, los “Encierros” constituyen una réplica actual de lo que en su origen fue el encierro de los animales inmediatamente antes de la trashumancia.

Antes de la aparición de las religiones trascendentes, se produjo, como fenómeno de transición, el animismo, que es la creencia cuasireligiosa o cosmovisión que atribuye un alma, espíritu o fuerza vital a seres orgánicos, inorgánicos y fenómenos naturales. Del periodo animista conservamos solapado en nuestra religión hechos como el "Fuego", el "Tambor", el "Mayo" (falo) o el agua (San Juan) como elemento purificador. Durante el invierno en el que parecía que la Tierra estaba muerta, esto es, durante el ciclo de la vida (de solsticio de invierno a solsticio de verano), los ritos (repetición de un acto hasta que se obtiene lo que se pretende) consistían en encender hogueras, golpear la tierra con los pies o con palos, o clavar árboles en el suelo para fecundarla. Todos estos ritos siguen vigentes solapados o no en la religión y de pujante actualidad.

Tras muchos siglos de oscuridad, de falta de datos y de referencias tanto escritas como arqueológicas llegaron una serie de pueblos al entorno de los ríos turolenses. Las referencias escritas las tenemos con ocasión de la conquista cristiana. De esta forma, cuando los "sabidores," con la llegada de las tropas de Alfonso II de Aragón, pusieron nombre a la villa de Teruel, bien pudo ser que conocieran relatos de las gentes nativas del lugar que reproducían leyendas y mitos de los antiguos fenicios que por aquí pasaron. De esta raíz fenicia pudo surgir la leyenda del toro y de la estrella. Toro y estrella son elementos reproducidos en sus monedas con mucha frecuencia. Los fenicios reconocieron este lugar como el Lugar del Señor Dios Toro, debido a la abundancia de ellos en esta zona: Thorbat o Thorbet.

Existe la tradición histórica y legendaria de la llegada de los fenicios a la zona de Teruel. Se dice que surcaron el río Turia, bautizando el asentamiento, e incluso se menciona que denominaban al lugar Thorbat o Thorbet. Monedas fenicias con figuras de toros encontradas en la zona respaldarían una posible influencia comercial. Las monedas fenicias y feno-púnicas reproducen la figura de un toro y una estrella, a menudo asociadas a la fertilidad o a divinidades como Tanit y Baal. La conexión fenicia está ligada a la leyenda de la fundación de la ciudad, donde estos navegantes habrían reconocido la zona por su gran cantidad de toros.

Los fenicios visitaron y colonizaron la Península Ibérica principalmente entre los siglos IX a. C. y VI a. C.. Aunque fuentes clásicas mencionaban fechas anteriores, la evidencia arqueológica sitúa el inicio de sus asentamientos permanentes en la costa andaluza hacia el año 800 a. C., alcanzando su máximo apogeo comercial antes de declinar hacia el siglo VI a.C.

La falta de otros datos o referentes nos llevan constantemente a referir la leyenda cristiana de la fundación y topónimo de la villa recogida en el Alcorán o Libro Verde turolense. La leyenda sugiere que el nombre de la ciudad proviene de la unión de las palabras "Toro" y "Actuel" (la estrella), dando lugar a Toruel y, posteriormente, Teruel. La palabra actuel no tiene correspondencia con la lengua fenicia pero si la tiene con el término actualis que proviene del latín (relacionado con 'actual' o 'en acto'). De esta manera se deduce o puede interpretarse que el nombre proviene de “Toro” y de la “estrella” que en ese momento (en el acto) apareció sobre el animal. Es decir que en ningún caso la estrella se llamaba “actuel” sino que era la que aparece, la que  estaba allí. Lo mismo que si la estuviéramos viendo y describiendo una moneda fenicia con un toro y una estrella.

Un siglo después llegaron los celtas que poblaron gran parte de la Península Ibérica entre los siglos VIII y VI a. C. El poblamiento de gran parte de la cordillera Ibérica dio en lo que hoy se llama cultura celtibérica. Los historiadores y antropólogos señalan que no es costumbre que se fusionen los grupos etno-culturales diferenciados. De hay que se deseche el hecho de que los celtíberos sean la fusión o unión de íberos y celtas. Por el contrario se señala que los celtíberos son los celtas que habitaban la cordillera Ibérica.

Los Íberos penetraron en la actual provincia de Teruel de diferente ímpetu, mayor en el Bajo Aragón y menor en la serranía. Los íberos fueron un conjunto de pueblos autóctonos de la Edad del Hierro que habitaron el levante y sur de la península ibérica desde el siglo VI a. C. hasta la romanización.

En nuestra área geográfica tenemos topónimos e hidrónimos relacionados con la cultura celta, íbera, romana o árabe. El hidrónimo Ebrón lo podemos relacionar con el ibero-vasco. El hidrónimo Riodeba (rio Deba) con la cultura celta y también el topónimo celta Luco hacer referencia al dios celta Luhg. De la cultura árabe tenemos por ejemplo Alfambra o Javalambre... La toponimia romance es abundantísima. Así pues, conectando directamente con la escritura o expresiones gráficas tenemos el santuario de Peñalba de Villastar de enorme importancia y que fue objeto de atención de Juan Cabré Aguiló (de Calaceite) que lo utilizó en su discurso de entrada en la Real Academia de la Historia. Las escrituras del santuario rupestre de Peñalba de Villastar (Teruel) corresponden principalmente al periodo de la celtiberia histórica, situándose cronológicamente entre el siglo I a.C. y el siglo I d.C. Juan Cabré documentó el santuario de Peñalba de Villastar a principios del siglo XX, destacando la identificación de cientos de grafitos celtibéricos y latinos, a los que denominó "La montaña escrita". Sus estudios pioneros incluyeron el análisis paisajístico, la documentación fotográfica y el arranque de paneles de roca en 1909 para su conservación. El artículo de referencia es "La montaña escrita de Peñalba" publicado en 1910 en el Boletín de la Real Academia de la Historia.

Dos potentes culturas y civilizaciones llegan al área turolense. En primer lugar la romana. La romanización de Teruel fue un proceso prolongado (siglos III a. C. - I a. C.), intenso y, a veces, conflictivo, impulsado por la Segunda Guerra Púnica y consolidado en las Guerras Sertorianas.

Un punto de referencia para Teruel en el contacto con la cultura romana es el valle del Jiloca por el que pasaba la vía romana Cesaraugusta-Laminio. Siendo la actual Cella la referencia más próxima. La población más estudiada por el que fue durante muchos años director del museo de Teruel Sr. Redón es La Caridad en Caminreal. La Caridad está en la vía romana que hace conexión entre Caesaraugusta (Zaragoza) y Laminio (Alhambra, Ciudad Real) esta conexión se realizaba a través de dos rutas principales documentadas en el Itinerario de Antonio.

La ruta del este (que es la que nos interesa) se iniciaba en Laminio, la actual Alhambra (Ciudad Real). Seguía por Caput fluminis Anae cerca de las Lagunas de Ruidera. Libisosa Lezuza (Albacete). Saltigi Chinchilla de Monte-Aragón (Albacete). La parte aragonesa está estudiada por María Ángeles Magallón Botaya en la que señala Urbiaca (Cella), Albonica, Agiria, Carae (Venta del Cuerno), Sermonae y Contrebia. Terminaba en Caesaraugusta (puerta Cinegia).

Del paso de los romanos por Teruel tenemos restos arqueológicos y monumentales en: El Puente de Luco y Calamocha. El poblado de la Caridad en Caminreal. El acueducto romano Albarracín-Cella. Además de diversas “Mansiones” en la ruta.

Llegan los árabes y durante el califato es escas la presencia de musulmanes en la zona. De este periodo tenemos la referencia de almofalla/almohaja traducido como “hueste en cabalgada” y se refiere al grupo de soldados que subían desde Córdoba a cobrar los impuestos a los cristianos. En el año 1031 tiene lugar la caída del Califato de Córdoba. Años 1090-1146 dominio de los Almorávides. Año 1120 batalla de Cutanda, los almorávides son vencidos por Alfonso I de Aragón. Año 1130 datación de los restos arqueológicos más antiguos de Teruel con un error de (+/- 30 años). Año 1145 llegan los almohades a la península. Año 1169 se produce la ocupación de Teruel por Alfonso II de Aragón. Año 1212 batalla de las Navas de Tolosa.

Tras la caída del Califato de Córdoba hay dos grupos de bereberes que llegan desde el norte de África con la intención de recomponer tanto, la doctrina de Mahoma, como la unidad política y militar de Al-Ándalus, son los Almorávides y luego, los Almohades. Dada la unidad histórica entre la taifa de Valencia y la de Zaragoza (dominio y parentesco) se creó la necesidad de tener una ruta segura entre ambos territorios. De esta manera surgen una serie de alcázares, castillos o defensas de la ruta. La situación de Teruel como punto defensivo está bien justificada, en la confluencia del Guadalaviar y el Alfambra (dos topónimos árabes) y la amenaza siempre presente de Albarracín (topónimo árabe).

Los muros de tapial estudiados y datados en la plaza de la Bombardera (popularmente (Lombardera) vendrían a justificar esta hipótesis y darnos pistas sobre el origen de Teruel antes de la ocupación en 1169, por el rey aragonés Alfonso II.

Finalmente haremos referencia al relato de José María Cuadrado y Nieto (1819-1896) y que dice así en su libro "Recuerdos y Bellezas de España". Sobre la histórica muela a que tantas glorias andan vinculadas, inútil es buscar los inciertos vestigios del Turulium, de Turba o de Lobetum, de los Turdetanos rivales de los Saguntinos, o de los Bergistanos que vendió por esclavos la opresora república del Tiber. El polvo de aquellas poblaciones célticas o romanas yace estéril e infecundo; sus memorias y hasta su existencia entregadas a las disputas de los anticuarios; entre Teruel y su ascendiente, quien quiera fuese, median la invasión goda y la sarracena ocultando con densas sombras los eslabones de su genealogía. Pero a mediados del siglo XII surge del caos del mahometismo una historia y una ciudad nueva, ennoblecida en su cuna de heroicas hazañas y con sobrenaturales portentos. Bravos adalides apostados contra los moros en la frontera, que una feliz campaña había adelantado hasta Alfambra, emprendieron fijarla en las márgenes mismas del Guadalaviar, amenazando ya las ricas llanuras de Valencia. Un rey valiente calificó de temeridad su valor; más ellos, con generosa indocilidad, abandonados a sus propias fuerzas, llevaron a cabo su designio en 1171, y tremolaron el pendón aragonés sobre aquellos cerros donde existía una villa vieja que llamaron de Santa María. Un toro y una brillante estrella desde el cielo, si es que caprichosa etimología del nombre o arbitraria interpretación de los blasones municipales no han inventado el prodigio, señalaron el sitio de la población futura, cuyos cimientos se amasaron con sangre de sus defensores y de los enemigos que combatían la naciente obra. Lo que construía un brazo con el azadón lo amparaba el otro con el escudo: la villa creció entre los combates, siendo cada casa una trinchera: y su conservación pareció más difícil todavía que su fábrica a Alfonso II, cuando en 1176 visitó la tierra que a pesar suyo habían ganado sus vasallos (1). Dejoles la gloria y el peligro de sus hazañas, otorgoles los fueros que escogieron, que fueron los de Sepúlveda, y sancionó a favor de los denodados vecinos la propiedad absoluta adquirida a costa de tanta sangre.

(1) De los anales de Teruel extractamos la relación sencilla de su gloriosa fundación. En el mes de noviembre de 1176 vino Alfonso II al lugar que en este término había, llamado Santa María de Villavieja, con mucha gente y grandes fuerzas para hacer frontera y plaza de armas contra los moros, más viendo que era peligrosa la empresa lo suspendió, hasta que uno de los adalides le dijo: “Dadnos para nos y los nuestros los furos y libertades que nos vos demandaremos, et con la ayuda de Dios poblaremos una villa en esta comarca. Los que así hablaron al rey fueron Sancho Sánchez Muñoz y Blasco Garcés de Marcilla; y el rey les dijo “que si tal volien fer lo ficiesen por si, más no por él ni en su nombre, antes los agenaba y desnaturaba como non vasallos suyos; porque si la dita obra no hubiese cabo, a él no fuese vergüenza ni le pudiese ser retraído”. Y examinando el territorio escogieron por sitio la muela en que hoy está fundada; y por haber hallado un mañana al amanecer un bravo toro encima del cual resplandecía una estrella, y habiendo el toro empezado a bramar, lo tuvieron por feliz anuncio, y del nombre del toro y del de la estrella, llamada Actuel, dicen se formó el nombre de Teruel o Toruel (Turollium). Empezaron a atrincherarse y abrir zanjas con gran trabajo, pues los moros les combatían, estableciendo así los cimientos con piedras y tierra bañadas en su sangre misma. Mientras unos edificaban otros lidiaban, y muchos morían cada día sobre los fundamentos de los adarves.”

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