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lunes, 28 de julio de 2014

Julio2014/Miscelánea. BENYTO Y SIMPLÓN LLEGAN A PEÑAS ROYAS


SIMPLÓN Y BENYTO
(Nuestro personaje encuentra al escapar de la mina a un "amigo" muy especial al que bautiza con el nombre de Benyto. En Peñas Royas practicarán la caza y la pesca como método de supervivencia y allí, Simplón (el hijo del carbonero), iniciará su edad adulta.)
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Fue noche de luna llena y gatos al acecho en la comuna minera anarquista. A medida que ésta crecía roja por el levante, ya pasadas las diez y media de la noche, se acrecentó el cosquilleo en las piernas del muchacho  y le afloró esa cara de pasmarote que tan al pelo y al sobrenombre le venía. Al salir sigilosamente de la negritud de la mina y chocar con la tenue oscuridad de la noche tropezó, distraídamente, con un bulto blando y peludo al tacto. El animal ladró de dolor y Simplón trató de acallarlo. Pensó que descubrirían su fuga y los comisarios del partido saldrían a su encuentro. Todo podría volverse muy desagradable y, también, dramático. Trató de hacerse amigo del animal, de aplacarlo con palabras suaves, cariñosas, a la vez que, con dulzura, le pasaba la mano por su famélica lomera. El animal reaccionó bien y pronto se acallaron sus ladridos. Para cuando la luna y los gatos se enseñorearon de lo más alto del cielo, Simplón, se percibió de la endeblez del animal. Sin duda las había pasado “caninas” pues, la revolución, había hecho mella en sus carnes, en sus huesos y en este pelaje tan sucio y plagado de costras y ulceraciones que le daban un aspecto triste y desangelado. Lo miró a la cara fijamente y vio en sus ojos el reflejo de la misma soledad y desesperación que él padecía, el mismo y coincidente instinto por salir de aquella ratonera. Lo llamó con pequeñas exclamaciones casi insonoras: “¡Ven, ven!” y “¡perrito, perrito!” Desde aquel día fueron amigos inseparables y la suerte de uno fue la del otro. Dio Simplón en llamar a su amigo, por apocopación, Ben-y-to. Vio que era sonoro y breve y que el can pronto respondió a esta nueva llamada, de forma que no hubo más problema. De ese instante en adelante Simplón y Benyto recorrerías estas desamparadas tierras que día a día ardían en una revolución alocada y sin sentido.
Iniciaron la marcha por caminos oscuros y sin dirección conocida, procuraban seguir la orientación de la barranqueras en sentido descendente, pues las bajadas se les hacían más llevaderas dada la hambruna y hasta la falta de agua que había en la mina. En Utrillas y subrepticiamente montaron en un pequeño tren que en otra época había llevado carbón y gente hasta Zaragoza, pero que, ahora, sólo circulaba en el ámbito territorial que dominaba la república. Acurrucados, formando ambos como un ovillo de lana, se escondieron en un vagón de lignito. El  tren, serpenteaba al salir de la población siguiendo la flecha de un pequeño regato de agua que quedaba a su derecha. Mas, al abrirse a la llanura que forma el cauce del río Martín apareció la aviación enemiga que comenzó a ametrallar y a tirar bombas sobre el pequeño convoy. Voló por los aires el tren que cruza el río y los vagones, como una serpentina de feria,  tomaron cada cual su rumbo. Simplón y Benyto salieron volando sin que se deshiciera en el aire la bola preta y dura que formaba esa estructura compacta de un niño imbécil y un perro tiñoso. Los dos cuerpos (hombre y bestia) fueron a dar en un pozancón abierto por una bomba en el mismo cauce del río y que posteriormente se había llenado de agua. El golpe seco, pero amortiguado por el agua tomó la forma de un Splasssh. Luego el eco se propagó por todo el valle hasta alcanzar Montalbán.
Apenas recuperados del tremendo susto, y una vez que Benyto dejo de ladrar, enfilaron hacia esta población  que ya se advertía próxima con las primeras luces del alba. De Montalbán también llegaban ecos revolucionarios. Olor  a cristos requemados junto a capas pluviales, casullas, cíngulos, retablos y santos policromados impregnaban la opaca luz de otro gris e incierto amanecer. Sin embargo, sobre el caserío se dejaba ver todavía enhiesta una hermosa torre Mudéjar que, caprichosamente, había sobrevivido a la barbarie. Estimó Simplón evitar la entrada en la población y sí seguir el cauce del río hasta Peñas Royas, por considerarlo lugar más apartado, y donde quizás estuvieran al abrigo de sospecha.
Una vez pasado Montalbán, las aguas frescas y recias del río Martín, llevaban desde hacía siglos excavando caprichosas formas y dando vida a un paisaje inigualable de rarísima belleza. El agua era limpia, las riberas frondosas y las escarpaduras del terreno propicias para esconderse de las miradas indiscretas de los comisarios políticos. Ladró con renovadas energías Benyto y aquí, por fin, Simplón inició a través de la caza y de la pesca una lucha sin tregua por la supervivencia. Cazó y cocinó alimentos para él y para su amigo canino y de esta forma empezó a superar la imbecilidad. Simplón tiró en Peñas Royas las muletas que le impedían ser autónomo, vivir independientemente  y, desde ese instante, fue un hombre libre. En Benyto, sin embargo, se acrecentaba la dependencia por su amo y sus ladridos eran a menudo señales que confirmaban esa dependencia.
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