LENGUA, RAZA Y TERRITORIO
(Los “criollos” imponen el castellano en América)
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Durante la Edad Media, el término nación (natio, del latín nasci, nacer) existió, pero tenía un significado estrictamente geográfico, lingüístico o de origen físico, totalmente opuesto al concepto político moderno. En el mundo medieval, nadie daba su vida por una "nación", sino por su rey, su señor feudal o su religión.
Tras la Segunda Guerra Mundial y los horrores del nazismo, la comunidad científica internacional (impulsada por la UNESCO) rechazó el concepto de "raza" por carecer de fundamento genético. Se empezó a usar el término "etnia" o "grupo étnico" para enfatizar que las diferencias entre poblaciones humanas no eran de sangre, sino de aprendizaje, lengua, valores y costumbres compartido. El concepto moderno de "grupo étnico" basado en la cultura surgió a mediados del siglo XX, consolidándose plenamente en las ciencias sociales a partir de la década de 1960.
El término abstracto "etnicidad" (la cualidad de pertenecer a un grupo étnico) apareció por primera vez en la sociología estadounidense en la década de 1950. Autores como David Riesman lo introdujeron para explicar cómo los inmigrantes en las grandes ciudades mantenían su cohesión cultural a lo largo de las generaciones.
El uso más formal de la palabra "nación" se dio en las universidades (como París, Bolonia o Oxford). Los estudiantes se agrupaban en nationes según su lengua materna o lugar de procedencia para organizarse, elegir representantes y defender sus intereses. En la Universidad de París, por ejemplo, existían la nación de Francia, la de Picardía, la de Normandía y la de Inglaterra. Estas "naciones" incluían a personas de distintos reinos actuales (la nación inglesa agrupaba a alemanes y escandinavos) simplemente porque compartían un área geográfica aproximada.
A partir del Concilio de Constanza (1414-1418), la Iglesia Católica adoptó el sistema de votación por "naciones" para evitar que el exceso de obispos italianos controlara las decisiones. Los votos se dividieron en cinco grandes bloques de origen geográfico-cultural: Italiana, Gallicana (francesa), Anglicana (inglesa), Germanica (alemana) e Hispánica.
Diferencias clave con la nación moderna
En la Edad Media, la fuente del poder político era la dinastía del rey y el juramento de vasallaje feudal, no la identidad del pueblo. Los territorios de un rey medieval solían albergar múltiples lenguas y dialectos sin que eso fragmentara el reino. El hombre medieval se identificaba primero con su aldea o región (identidad local) y, en un nivel superior, con la Cristiandad (identidad universal). El nivel intermedio de "país" o "nación" carecía de peso emocional.
Cambio de rumbo en la política lingüística hispana.
Hasta el siglo XVIII, la Iglesia y la Corona habían permitido o incluso fomentado el uso de las lenguas indígenas (como el náhuatl o el quechua) para la evangelización. Fernando VI cambió el rumbo de esta política mediante la Real Cédula del 5 de junio de 1754. En este documento, el rey ordenó de forma obligatoria la enseñanza del castellano a todos los niños y niñas indígenas de las Indias y Filipinas. Sus argumentos principales plasmados en la legislación de la época eran: Sostenía que aprender castellano permitiría a los indígenas entender mejor los misterios de la fe cristiana y las leyes del reino. Se buscaba que, de manera gradual, los súbditos dejaran de hablar sus lenguas nativas en el ámbito público y adoptaran el idioma común de la monarquía.
En España, bajo el reinado de Fernando VI, se consolidó esta práctica. El monarca defendía que todos los tribunales, notarías y documentos oficiales debían redactarse exclusivamente en castellano, relegando el catalán, el mallorquín, el valenciano o el gallego al ámbito estrictamente familiar o doméstico. Se consideraba que la pluralidad de lenguas dentro de España dificultaba la burocracia y la igualdad en la aplicación de las leyes reales.
Esta tendencia centralizadora y asimilista iniciada en su reinado llegó a su punto más radical años más tarde con su hermano y sucesor, Carlos III, quien prohibió directamente el uso de lenguas distintas al castellano en cualquier tipo de enseñanza o comercio.
Los criollos y la imposición del castellano en América.
El papel de los criollos (hijos de españoles nacidos en América) fue el factor más determinante para la castellanización definitiva del continente americano, superando con creces el impacto de las leyes de la Corona española.
Paradójicamente, la verdadera imposición masiva del castellano no ocurrió durante los tres siglos de imperio español, sino después de las independencias, cuando las élites criollas tomaron el control total de las nuevas repúblicas. Al momento de la emancipación (hacia 1810), solo alrededor del 35% de la población hispanoamericana hablaba castellano; la gran mayoría seguía comunicándose en lenguas indígenas.
El plan criollo se ejecutó a través de tres mecanismos agresivos:
Se fundaron escuelas donde el castellano se impuso como el único idioma de enseñanza. El uso de lenguas indígenas en el aula fue prohibido y castigado.
Para votar, litigar en los tribunales o poseer tierras con títulos republicanos, pasó a ser indispensable saber leer y escribir en castellano. Las poblaciones indígenas quedaron marginadas a menos que se asimilaran lingüísticamente.
Las reformas liberales del siglo XIX abolieron los resguardos y propiedades comunales indígenas bajo el pretexto de crear ciudadanos "iguales". Al desintegrarse las comunidades aisladas, los indígenas se vieron obligados a migrar a las ciudades u obras públicas, adoptando el castellano para sobrevivir.
