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martes, 3 de marzo de 2015

Marzo2015/Miscelánea. EL CASERÍO DE VILLABA ALTA. (CUENTOS DESDE EL ALFAMBRA)

EL DORTOR BARRACHA
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Era a principio de los años setenta del pasado siglo. Me habían destinado como maestro al pueblo de Villalba Alta. Era mi cuarto destino y, también, el último curso que habría escuela en este lugar pues, la población escolar, había disminuido de forma alarmante. Cuando me disponía a abandonar el pueblo y a cerrar la escuela, me encontré entre los papeles y libros que debería recoger y entregar al Ayuntamiento, un relato manuscrito de un suceso acaecido hacía tiempo en la localidad. Se trataba de una historia simpática y curiosa que voy a sintetizar en breves líneas.
Había en Villalba Alta, hace muchos años, una familia muy pobre compuesta por el matrimonio y dos hijas. Carecían de medios de fortuna y el padre mantenía  la casa con el dinero de los jornales del campo. A temporadas hacía de pastor y en otras épocas se contrataba en las labores del campo. Nunca había salido del pueblo ni tenía estudios si exceptuamos los elementales y aún estos de muy escasa duración, apenas cuatro años en la escuela del lugar. Crecieron las dos hijas y la mujer empezó a hablarle al marido de esta forma. Las hijas no tienen futuro en el pueblo. Aquí se casarán con un pobre y tendrán la mala vida que tenemos nosotros. Debemos hacer algo para buscarles un marido que tenga dinero y ellas una posición social más alta y desahogada.
El padre bajó un día a Orrios para moler un zaquilote de trigo en el molino de Marqués. A la vuelta, paró en la cantina de la villa a tomar una barracha con la que tomar fuerzas para el camino de subida.  Le preguntó el cantinero a qué se debía su tristeza y cuáles eran sus preocupaciones para mostrar ese rostro tan sombrío. Mi mujer, le dijo, me apremia constantemente para que deje el lugar y marche a otras tierras con el fin de conseguirles un mejor marido a mis hijas. El cantinero se apiadó de él y le dijo. Toma esta botella de licor y este pergamino donde está escrita su formula. Con esta bebida podrás curar todos lo males, ser un gran médico, ganar mucho dinero y todos lo hombres ricos de la ciudad querrán casar a sus hijos con tus hijas. Subió presto el hombre hasta su casa de Villalba Alta y dijo a su mujer: prepara el ajuar y a tus hijas que nos vamos a la ciudad. Así lo hicieron y, al día siguiente, ya estaban los cuatro en Teruel. Se instalaron en una pequeña casa de la calle el Rincón y pusieron un cartel en la puerta que decía: DOCTOR.
No tardaron en llegar los clientes. El nuevo médico obró maravillas entre sus clientes. A todos les daba la misma medicina y todos salían de su casa, contentos, alegres y con la salud muy mejorada. Si acaso recaían volvían a visitarlo. Con ello no hacía más que agrandar su fortuna y su fama entre las mejores familias de Teruel. Cambió de barrio y casó a sus hijas con dos ricos comerciantes que tenían tienda en la mismísima plaza del Torico.
Con los años creció en él la nostalgia y el deseo de volver a su pueblo natal a pasar unas Navidades. Volvieron a abrir la humilde casa del lugar en la que obraron y acondicionaron dotándola de nuevos salones y, nuevo y espléndido, mobiliario. Aquella Noche Buena habían acudido muchos vecinos que, como él, habitaban fuera por necesidades de trabajo. La casa más rica del pueblo era la del alcalde y en esa noche tan señalada habían preparado también una excelente cena. El dueño de la casa al comenzar a tomar el segundo plato, que era pescado, se tragó una espina que fue a clavársele en la garganta, produciéndole el consiguiente dolor y asfixia. Alarmada la familia se alteró sobremanera saliendo a la calle, dando y pidiendo a gritos, auxilio y socrro. En esta situación tan angustiosa estaban, cuando les comunicaron que un famoso médico había llegado a la población esos días. Inmediatamente fueron a su casa y lo llevaron en volandas delante del rico Alcalde. Cuando éste reconoció en el médico al campesino que durante tanto tiempo había trabajado para él, no pudo por menos que soltar una enorme carcajada. Una carcajada fuerte y sonora que hizo que la espina saliera  de su garganta. Liberado el Alcalde de su mal, quedó muy reconocido al "nuevo doctor". Pídeme lo que quieras, le dijo, que yo te lo concederé por haberme salvado la vida. Sólo te pido una cosa, un favor que no te costará ningún dinero: haz reconocimiento público de las bondades de mi medicina. Así se hizo y la barracha alcanzó fama en toda la región, como medicina, durante muchos años.
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