ET
DAQUEL TORO TOMARON SEÑAL I PARA ESTO
FACEN
EN LA SEÑAL TORO I ESTRELLA
LIBRO
VERDE
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(El
presente artículo tiene carácter especulativo y en ningún caso
deben tomarse los hechos y las citas como principios inamovibles)
*
Por Chusé María Cebrián Muñoz
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La
expansión de nuestra especie, el Homo
sapiens,
fue un proceso gradual que comenzó hace aproximadamente 300.000
años en
África. Desde allí, pequeños
grupos de humanos modernos colonizaron el mundo en oleadas sucesivas.
El impulso de viajar debió de estar motivado por los cambios
climáticos, pero sobre todo, siguiendo las migraciones de los
animales. Seguir las migraciones de los animales les evitaba el frío
y las sequías, además, les proporcionaba alimento seguro. Todavía
perviven migraciones de vertebrados en África, sin embargo, en el
resto del mundo solamente quedan las migraciones de las aves. Más
tarde cuando el hombre domestica a los animales esta práctica se
convierte en trashumancia. Al final de un periodo climático el hombre
recogía a los animales (encierro) y los conducía a las zonas
tradicionales de pastoreo de invierno o de lluvias. La Sierra de
Albarracín y el Maestrazgo conservan (cada día menos) la costumbre
de trashumar. Quizás, la trashumancia, sea una de los hechos
culturales más antiguos que poseamos los turolense. Los “Bous al Carrer”, las “Vaquillas”, los “Encierros” constituyen una
réplica actual de lo que en su origen fue el encierro de los
animales inmediatamente antes de la trashumancia.
Antes
de la aparición de las religiones trascendentes, se produjo, como
fenómeno de transición, el animismo, que es la creencia
cuasireligiosa o cosmovisión que atribuye un alma, espíritu o
fuerza vital a seres orgánicos, inorgánicos y fenómenos naturales.
Del periodo animista conservamos solapado en nuestra religión hechos
como el "Fuego", el "Tambor", el "Mayo" (falo) o el agua (San Juan) como elemento purificador. Durante el invierno en el que parecía que
la Tierra estaba muerta, esto es, durante el ciclo de la vida (de
solsticio de invierno a solsticio de verano), los ritos (repetición
de un acto hasta que se obtiene lo que se pretende) consistían en
encender hogueras, golpear la tierra con los pies o con palos, o
clavar árboles en el suelo para fecundarla. Todos estos ritos siguen
vigentes solapados o no en la religión y de pujante actualidad.
Tras
muchos siglos de oscuridad, de falta de datos y de referencias tanto
escritas como arqueológicas llegaron una serie de pueblos al
entorno de los ríos turolenses. Las referencias escritas las tenemos
con ocasión de la conquista cristiana. De esta forma, cuando
los "sabidores," con la llegada de las tropas de Alfonso II
de Aragón, pusieron nombre a la villa de Teruel, bien pudo ser que
conocieran relatos de las gentes nativas del lugar que reproducían
leyendas y mitos de los antiguos fenicios que por aquí pasaron. De
esta raíz fenicia pudo surgir la leyenda del toro y de la estrella.
Toro y estrella son elementos reproducidos en sus monedas con mucha
frecuencia. Los fenicios reconocieron este lugar como el Lugar
del Señor Dios Toro,
debido a la abundancia de ellos en esta zona: Thorbat
o
Thorbet.
Existe
la tradición histórica y legendaria de la llegada de los
fenicios a la zona de Teruel. Se dice que surcaron el río Turia,
bautizando el asentamiento, e incluso se menciona que denominaban al
lugar Thorbat o Thorbet. Monedas fenicias con figuras de toros
encontradas en la zona respaldarían una posible influencia
comercial. Las monedas fenicias y feno-púnicas reproducen la figura
de un toro y una estrella, a menudo asociadas a la fertilidad o a
divinidades como Tanit y Baal. La conexión fenicia está ligada a la
leyenda de la fundación de la ciudad, donde estos navegantes habrían
reconocido la zona por su gran cantidad de toros.
Los
fenicios visitaron y colonizaron la Península Ibérica
principalmente entre los siglos
IX a. C. y VI a. C..
Aunque fuentes clásicas mencionaban fechas anteriores, la evidencia
arqueológica sitúa el inicio de sus asentamientos permanentes en la
costa andaluza hacia el año 800 a. C., alcanzando su máximo apogeo
comercial antes de declinar hacia el siglo VI a.C.
La
falta de otros datos o referentes nos llevan constantemente a referir la leyenda cristiana de la fundación y topónimo de la villa recogida en el Alcorán o Libro Verde turolense. La leyenda sugiere que el nombre de la ciudad
proviene de la unión de las palabras "Toro"
y
"Actuel"
(la
estrella), dando lugar a Toruel
y,
posteriormente, Teruel. La palabra actuel no tiene correspondencia
con la lengua fenicia pero si la tiene con el término actualis
que
proviene
del latín (relacionado con 'actual' o 'en acto'). De esta manera se
deduce o puede interpretarse que el nombre proviene de “Toro” y
de la “estrella” que en ese momento (en el acto) apareció sobre
el animal.
Es decir que en ningún caso la estrella se llamaba “actuel” sino
que era la que aparece, la que estaba allí. Lo mismo que si la
estuviéramos viendo y describiendo una moneda fenicia con un toro y una estrella.
Un siglo después
llegaron los celtas que poblaron gran parte de la Península Ibérica
entre los siglos VIII y VI a. C. El poblamiento de gran parte de la
cordillera Ibérica dio en lo que hoy se llama cultura celtibérica.
Los historiadores y antropólogos señalan que no es costumbre que se
fusionen los grupos etno-culturales diferenciados. De hay que se
deseche el hecho de que los celtíberos sean la fusión o unión de
íberos y celtas. Por el contrario se señala que los celtíberos son
los celtas que habitaban la cordillera Ibérica.
Los
Íberos penetraron en la actual provincia de Teruel de diferente
ímpetu, mayor en el Bajo Aragón y menor en la serranía. Los íberos
fueron un conjunto de pueblos autóctonos de la Edad del Hierro que
habitaron el levante y sur de la península
ibérica desde el siglo VI a. C. hasta la romanización.
En
nuestra área geográfica tenemos topónimos e hidrónimos relacionados
con la cultura celta, íbera, romana o árabe. El hidrónimo Ebrón
lo podemos relacionar con el ibero-vasco. El hidrónimo Riodeba (rio
Deba) con la cultura celta y también el topónimo celta Luco hacer
referencia al dios celta Luhg. De la cultura árabe tenemos por
ejemplo Alfambra o Javalambre... La toponimia romance es
abundantísima. Así pues, conectando directamente con la escritura o
expresiones gráficas tenemos el santuario de Peñalba de Villastar
de enorme importancia y que fue objeto de atención de Juan Cabré Aguiló (de Calaceite) que
lo utilizó en su discurso de entrada en la Real Academia de la
Historia. Las
escrituras del santuario rupestre de Peñalba de Villastar (Teruel)
corresponden principalmente al periodo de la celtiberia
histórica,
situándose cronológicamente entre el siglo
I a.C. y el siglo I d.C.
Juan
Cabré documentó el santuario de Peñalba de Villastar a principios
del siglo XX, destacando la identificación de cientos de grafitos
celtibéricos y latinos, a los que denominó "La montaña
escrita". Sus estudios pioneros incluyeron el análisis
paisajístico, la documentación fotográfica y el arranque de
paneles de roca en 1909 para su conservación. El artículo de
referencia es "La montaña escrita de Peñalba" publicado
en 1910 en el Boletín
de la Real Academia de la Historia.
Dos potentes culturas y
civilizaciones llegan al área turolense. En primer lugar la romana.
La
romanización de Teruel fue un proceso
prolongado (siglos III a. C. - I a. C.), intenso y, a veces,
conflictivo, impulsado por la Segunda Guerra Púnica y consolidado en
las Guerras Sertorianas.
Un
punto de referencia para Teruel en el contacto con la cultura romana
es el valle del Jiloca por el que pasaba la vía romana
Cesaraugusta-Laminio. Siendo la actual Cella la referencia más
próxima. La población más estudiada por el que fue durante muchos
años director del museo de Teruel Sr. Redón es La Caridad en
Caminreal. La Caridad está en la vía romana que hace conexión
entre Caesaraugusta
(Zaragoza)
y Laminio
(Alhambra,
Ciudad Real) esta conexión se realizaba a través de dos rutas
principales documentadas en el Itinerario de Antonio.
La
ruta del este (que es la que nos interesa) se iniciaba en Laminio,
la actual Alhambra (Ciudad Real). Seguía por Caput
fluminis Anae cerca
de las Lagunas de Ruidera. Libisosa
Lezuza (Albacete). Saltigi
Chinchilla de Monte-Aragón (Albacete). La
parte aragonesa está estudiada por María Ángeles Magallón Botaya
en la que señala
Urbiaca
(Cella),
Albonica,
Agiria,
Carae
(Venta del Cuerno),
Sermonae
y Contrebia.
Terminaba en Caesaraugusta
(puerta Cinegia).
Del
paso de los romanos por Teruel tenemos
restos arqueológicos y monumentales en: El Puente de Luco y
Calamocha. El poblado de la Caridad en Caminreal. El acueducto romano
Albarracín-Cella. Además de diversas “Mansiones” en la ruta.
Llegan
los árabes y durante el califato es escas la presencia de musulmanes
en la zona. De este periodo tenemos la referencia de almofalla/almohaja traducido como “hueste en cabalgada” y se refiere al
grupo de soldados que subían desde Córdoba a cobrar los impuestos a
los cristianos. En el año
1031 tiene lugar la caída del Califato de Córdoba. Años 1090-1146
dominio de los Almorávides. Año 1120 batalla de Cutanda, los
almorávides son vencidos por Alfonso I de Aragón. Año
1130 datación de los restos arqueológicos más antiguos de Teruel
con un error de (+/- 30 años). Año
1145 llegan los almohades a la península. Año 1169 se produce la
ocupación de Teruel por Alfonso II de Aragón. Año 1212 batalla de
las Navas de Tolosa.
Tras
la caída del Califato de Córdoba hay dos grupos de bereberes que
llegan desde el norte de África con la intención de recomponer
tanto, la doctrina de Mahoma, como la unidad política y militar de
Al-Ándalus, son los Almorávides y luego, los Almohades. Dada la
unidad histórica entre la taifa de Valencia y la de Zaragoza
(dominio y parentesco) se creó la necesidad de tener una ruta segura
entre ambos territorios. De esta manera surgen una serie de
alcázares, castillos o defensas de la ruta. La situación de Teruel
como punto defensivo está bien justificada, en la confluencia del
Guadalaviar y el Alfambra (dos topónimos árabes) y la amenaza
siempre presente de Albarracín (topónimo árabe).
Los
muros de tapial estudiados y datados en la plaza de la Bombardera
(popularmente (Lombardera) vendrían a justificar esta hipótesis y
darnos pistas sobre el origen de Teruel antes de la ocupación en
1169, por el rey aragonés Alfonso II.
Finalmente
haremos referencia al relato de José María Cuadrado y Nieto
(1819-1896) y que dice así en su libro "Recuerdos y Bellezas de
España". Sobre la histórica muela a que tantas glorias andan
vinculadas, inútil es buscar los inciertos vestigios del Turulium,
de Turba o de Lobetum, de los Turdetanos
rivales de los Saguntinos, o de los Bergistanos
que vendió por esclavos la opresora república del Tiber. El
polvo de aquellas poblaciones célticas o romanas yace estéril e
infecundo; sus memorias y hasta su existencia entregadas a las
disputas de los anticuarios; entre Teruel y su ascendiente, quien
quiera fuese, median la invasión goda y la sarracena ocultando con
densas sombras los eslabones de su genealogía. Pero a mediados del
siglo XII surge del caos del mahometismo una historia y una ciudad
nueva, ennoblecida en su cuna de heroicas hazañas y con
sobrenaturales portentos. Bravos adalides apostados contra los moros
en la frontera, que una feliz campaña había adelantado hasta
Alfambra, emprendieron fijarla en las márgenes mismas del
Guadalaviar, amenazando ya las ricas llanuras de Valencia. Un rey
valiente calificó de temeridad su valor; más ellos, con generosa
indocilidad, abandonados a sus propias fuerzas, llevaron a cabo su
designio en 1171, y tremolaron el pendón aragonés sobre aquellos
cerros donde existía una villa vieja que llamaron de
Santa María. Un toro y una brillante estrella
desde el cielo, si es que caprichosa etimología del nombre o
arbitraria interpretación de los blasones municipales no han
inventado el prodigio, señalaron el sitio de la población futura,
cuyos cimientos se amasaron con sangre de sus defensores y de los
enemigos que combatían la naciente obra. Lo que construía un brazo
con el azadón lo amparaba el otro con el escudo: la villa creció
entre los combates, siendo cada casa una trinchera: y su conservación
pareció más difícil todavía que su fábrica a Alfonso II, cuando
en 1176 visitó la tierra que a pesar suyo habían ganado sus
vasallos (1). Dejoles la gloria y el peligro de sus hazañas,
otorgoles los fueros que escogieron, que fueron los de Sepúlveda, y
sancionó a favor de los denodados vecinos la propiedad absoluta
adquirida a costa de tanta sangre.
(1)
De los anales de Teruel extractamos la relación sencilla de su
gloriosa fundación. En el mes de noviembre de 1176 vino Alfonso II
al lugar que en este término había, llamado Santa María de
Villavieja, con mucha gente y grandes fuerzas para hacer frontera y
plaza de armas contra los moros, más viendo que era peligrosa la
empresa lo suspendió, hasta que uno de los adalides le dijo: “Dadnos
para nos y los nuestros los furos y libertades que nos vos
demandaremos, et con la ayuda de Dios poblaremos una villa en esta
comarca. Los que así hablaron al rey fueron Sancho Sánchez Muñoz y
Blasco Garcés de Marcilla; y el rey les dijo “que si tal volien
fer lo ficiesen por si, más no por él ni en su nombre, antes los
agenaba y desnaturaba como non vasallos suyos; porque si la dita obra
no hubiese cabo, a él no fuese vergüenza ni le pudiese ser
retraído”. Y examinando el territorio escogieron por sitio la
muela en que hoy está fundada; y por haber hallado un mañana al
amanecer un bravo toro encima del cual resplandecía una estrella, y
habiendo el toro empezado a bramar, lo tuvieron por feliz anuncio, y
del nombre del toro y del de la estrella, llamada Actuel, dicen se
formó el nombre de Teruel o Toruel (Turollium). Empezaron a
atrincherarse y abrir zanjas con gran trabajo, pues los moros les
combatían, estableciendo así los cimientos con piedras y tierra
bañadas en su sangre misma. Mientras unos edificaban otros lidiaban,
y muchos morían cada día sobre los fundamentos de los adarves.”
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